Desde detr谩s de su escritorio en el departamento island茅s de autopistas en Reikjavik, Petur Matthiasson me sonr铆e con calidez, pero tambi茅n con firmeza.
“Perm铆tame dejar algo muy claro desde el principio: yo no creo en duendes”, declara ante los micr贸fonos de la BBC.
Levanto mis cejas e inclino mi cabeza en direcci贸n a la pantalla de su computador donde est谩n desplegados los planes de una nueva carretera en una ciudad vecina. Hay dos c铆rculos amarillos; en uno se lee “Iglesia de los duendes” y en el otro, “Capilla de los duendes”.
Matthiasson suspira.
“Ok”, reconoce rendido. “Pero no es cosa de todos los d铆as que desviemos autopistas debido a los duendes. Es s贸lo que en este caso, nos avisaron que hab铆a duendes viviendo en unas de las rocas que estaban en la ruta de la carretera y nosotros tenemos que respetar esa creencia”.
Sonr铆e t铆midamente y toma las llaves de su auto.
“Venga le muestro d贸nde viven los elfos”, me dice con indulgencia.
La capilla de los duendes y la autopista
El trabajo de construcci贸n de la autopista para conectar a la pen铆nsula de Alftanes con un suburbio de la capital Reykjavik fue suspendido cuando unos activistas advirtieron que perturbar铆a el h谩bitat de los duendes y un 谩rea protegida de lava virgen.
La capilla, (que aparece en la foto junto con Petur Matthiasson) es una roca serrada de unos 3,5 metros.
El asunto se resolvi贸 en parte cuando una mujer local, quien asegura que puede hablar con los duendes, se ofreci贸 de mediadora y los duendes acordaron que el camino pod铆a ser construido con la condici贸n de que su capilla fuera cuidadosamente trasladada a otro lugar. La autoridad encargada de las autopistas no revel贸 el costo de trasladar la roca pero inform贸 que pesa 70 toneladas y tendr谩 que alquilar una gr煤a.
Los duendes no son como los pintan
Las encuestas indican que m谩s de la mitad de los islandeses creen en los Huldufolk -la gente escondida- o al menos piensan que es posible que exista.
Hay que aclarar que los duendes islandeses no son de la variedad verde, peque帽a y de orejas puntiagudas que le ayudan a Pap谩 Noel a empacar los regalos de Navidad. Son del mismo tama帽o que usted o yo, s贸lo que son invisibles para la mayor铆a de nosotros.
En general, son una raza pac铆fica pero si se les falta al respeto -por ejemplo, explotando dinamita en sus casas e iglesias de roca-, no son reticentes a mostrar su descontento. Durante nuestro viaje en auto, Matthiasson me cuenta varias historias de c贸mo se sospecha que los duendes han causado da帽os en buld贸ceres y una serie de accidentes entre los trabajadores.
Al salir del auto en el lugar donde se encuentra la iglesia de los duendes, una despiadada r谩faga de aire helado me golpea la cara que me empuja hacia la volc谩nica roca negra.
El tosco paisaje island茅s no es un idilio buc贸lico. La tierra misma hierve y escupe irracionalmente, las escarpadas monta帽as negras que la rodean se enconan amenazantes y, arriba, el cielo est谩 constantemente herniado por el esfuerzo que hace para mantener flotando a las nubes de color gris plomo. Es una belleza visceral, cruda y brutal que hace que las Cumbre Borrascosas de Heathcliff parezcan una remilgada acuarela pastoral.
“Es imposible vivir en este paisaje y no creer en la existencia de una fuerza m谩s grande que uno”, le explica a la BBC la experta en folclor Adalheidur Gudmundsdottir.
Y me implora: “Por favor, no pinte a los islandeses como unos campesinos sin educaci贸n que creen en hadas, pero mire a su alrededor y entender谩 la raz贸n de que el folclor est茅 tan arraigado aqu铆”.
Es adem谩s un fuerte atractivo tur铆stico, por supuesto.
“Aqu铆 viven duendes”
En el camino principal del aeropuerto a la ciudad, los carteles que dicen “Aqu铆 viven duendes” tratan de atraer a los fantasiosos para que se gasten unos d贸lares en visitas a aldeas de elfos, un CD de m煤sica m铆stica o, para los menos -o quiz谩s m谩s- fantasiosos, una camiseta que dice “Yo tuve relaciones sexuales con un duende en Islandia”.
Existe incluso una escuela de duendes en la capital, en la que diligentemente me inscrib铆.
Magnus, el director, es un tipo rotundo y exuberante que se comi贸 grandes cantidades de cereal durante mi lecci贸n privada. Desafortunadamente para 茅l, nunca ha podido ver un elfo pero s铆 tiene una vieja olla que aparente fue usada en una cocina de duendes para hacer estofados antes de que el fondo se oxidara.
Sus ojos brillaban de una manera tan malvada durante toda la clase que al final le pregunt茅 si 茅l mismo no era una especie de hada mal茅vola.
No creo en hadas pero de que las hay, las hay
Con Petur Matthiasson llegamos a la cima de la roca que supuestamente es la capilla de los duendes. La reviso con detenimiento pero, aparte de uno o dos insectos buscando refugio en sus ranuras tapizadas de musgo, no veo se帽ales de vida, ni mitol贸gica ni de otra clase.
Matthiasson me mira con perspicacia.
“Le podr铆a contar sobre la duende de mi familia”, dice tentativamente. Lo animo a que contin煤e con su cuento y me entero de que su familia ten铆a una elfina que los proteg铆a y les tra铆a buena fortuna en las tierras salvajes del norte del pa铆s.
Cuando alguna vez se fue a un paseo en un 谩rea aislada, su padre le pidi贸 que fuera a presentarle sus respetos y agradecerle.
“Pero como no creo en duendes, se me olvid贸”, dice. A pesar de que el cielo hab铆a estado nublado y hab铆a llovido, al d铆a siguiente se levant贸 con el cuerpo cubierto en ampollas de lo que parec铆a ser una quemadura de Sol.
Al voltear para enfrentar las r谩fagas de viento, nuestras miradas se cruzan. Ambos tenemos una mano agarrada a la roca con la desesperaci贸n de tah煤res aferrados a un amuleto. Luego, caminamos en direcci贸n al auto en esa complicidad complaciente de sabernos casi no creyentes.



