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Macondo, el lugar de todas las cosas

La primera vez que Gabriel Garc铆a M谩rquez vio la palabra Macondo, fue en la puerta de entrada de una finca de la zona bananera que se llamaba as铆, mientras viajaba en el tren que llegaba y sal铆a de Aracataca. Hoy, m谩s que nombre, es adjetivo.




Y con el paso de los a帽os, lo que termin贸 quedando de todo aquello que una vez se llam贸 Aracataca, fue todo eso que plasm贸 en p谩ginas y p谩ginas Gabriel Garc铆a M谩rquez. Aracataca fue Macondo, y Macondo fue Colombia, y el Caribe, y algo del resto de Am茅rica Latina. Macondo fue pueblo, calles de polvo, ni帽os barrigones y desnudos, diluvios, peste, fiebres de insomnio, delirio de prosperidad. “Macondo naufragaba en una prosperidad de milagro (…). De la antigua aldea de Jos茅 Arcadio Buend铆a s贸lo quedaban entonces los almendros polvorientos, destinados a resistir a las circunstancias m谩s arduas, y el r铆o de aguas di谩fanas cuyas piedras prehist贸ricas fueron pulverizadas por las enloquecidas alm谩denas de Jos茅 Arcadio Segundo, cuando se empe帽贸 en despejar el cauce para establecer un servicio de navegaci贸n”.

Macondo fue el lugar de lo imposible, el lugar de todas las cosas, de los santos y los demonios, de la condena y la resurrecci贸n, del amor y el desamor, de la espera, de la locura, y de ser lugar pas贸 a ser adjetivo, salt谩ndose de un solo brinco la opci贸n de ser gentilicio. Y fue adjetivo sin calificativos, un poco como su creador. Se dec铆a, se dijo y se dir谩 macondiano, y esa sola palabra entra帽ar谩 magia, fulgor, luz, sombra, o en 煤ltimas, lo imposible: “Melqu铆ades termin贸 de plasmar en sus placas todo lo que era plasmable en Macondo, y abandon贸 el laboratorio de daguerrotipia a los delirios de Jos茅 Arcadio Buend铆a, quien hab铆a resuelto utilizarlo para obtener la prueba cient铆fica de la existencia de Dios”. Macondianos fueron los hombres y sus delirios. Macondianos fueron la lluvia sin fin y el sol opaco. Macondiano fue dios.

Y macondianos fueron los Garc铆a M谩rquez, todos, y el amor, por ejemplo, porque en los calurosos tiempos guajiros, aun antes de que surgiera Macondo, cuando los padres de Gabriel Jos茅 de la Concordia se enamoraron, el amor era locura, delirio, fantas铆a, frenes铆. Eran amores macondianos, amores atrevidos, como el de su padre, don Gabriel Eligio Garc铆a Mart铆nez, quien busc贸 como pudo a su amada, m谩s all谩 de las oposiciones de los padres de su novia, sobre todas las cosas, entre los papeles hechos basura de los telegrafistas de los pueblos. Se hizo amigo de ellos, 茅l que tambi茅n era telegrafista, y los invit贸 a tomar, los reg贸 de obsequios, s贸lo para que le dieran una pista, y d铆a de por medio reun铆a sus monedas para enviarle un poema, el mismo poema siempre a su amada. “Aunque de m铆 te alejes, nunca podr茅 olvidarte, aunque de m铆 te alejes, nunca ver茅 tu faz…”.

El d铆a de la boda, 11 de junio de 1926, Luisa Santiaga M谩rquez se qued贸 dormida. Luego murmurar铆an que su padre, el coronel Nicol谩s Ricardo M谩rquez, hab铆a instruido a su esposa, Tranquilina Iguar谩n Cotes, para que le mezclara unas pastillitas en el agua. Don Gabriel Eligio la aguard贸 una y dos horas y algo m谩s, con su vestido de pa帽o negro y su camisa de frac, apostado a las puertas de la Catedral de Santa Marta, imaginando los pasos de su novia sobre la infinita alfombra roja que llegaba a la calle. No ten铆a sentido irse. El orgullo lo mataba, y del orgullo pasaba a la furia, y de all铆 a la impotencia. ¿Qu茅 m谩s podr铆a hacer? ¿Ir por ella? ¿Largarse? En el fondo, les confesar铆a a sus hijos alguna vez, s贸lo ten铆a dos obsesiones, y pasaba de la una a la otra indistintamente: besar a Luisa Santiaga, o irse hasta Riohacha y agarrarse a trompadas con el coronel M谩rquez.

De repente, sin embargo, surgi贸 su amada. Al d铆a siguiente, o a los dos, qued贸 embarazada. Ya viv铆a en Aracataca con su marido, rodeada por tres indios, regalo del coronel, que la hab铆an acompa帽ado desde siempre. Cre铆a en Dios, pero tambi茅n en las supersticiones y los designios de las peque帽as cosas. Si le picaba la mano era porque le llegar铆a dinero, y si entraba en su habitaci贸n un cucarr贸n, con s贸lo verlo ella sab铆a de d贸nde proven铆a. A los nueve meses naci贸 Gabriel Jos茅. “Yo deseaba con toda mi raz贸n que 茅l fuera abogado, pero a 茅l, mire ust茅, no le interesaron las leyes”, coment贸 ella como por pasar, sentada en una mecedora de su casa de Manga, en Cartagena, algunos meses antes de morir. “De todas, todas formas, lo intent贸, hay que admitirlo”, a帽adi贸 despu茅s.

Garc铆a M谩rquez fue Macondo y viceversa. Y fue macondiano, dentro de un universo m谩gico e infinito de cuyas miserias y proezas han surgido y siguen surgiendo quienes cuestionan su existencia, porque fue macondiano que en algunos colegios prohibieran su obra por “vulgar”, y fue macondiano que aquellos que lo rechazaban y se burlaban de 茅l, luego del Nobel se ufanaran de conocerlo. Fue macondiano que se tuviera que ir del pa铆s por diversas amenazas, y que luego lo acusaran de haber abandonado el pa铆s. Fue macondiano que, pasados los a帽os, algunos escritores quisieran desligarse de su influencia con un insultante McOndo, cual f贸rmula comercial, y que otros lo negaran, y fue macondiano que alguno m谩s pretendiera caer en la muy humana tentaci贸n de las comparaciones, como si la literatura fuera un asunto de r茅cords, y como si Macondo fuera la bolsa de valores de Wall Street.


faraujo@elespectador.com