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C贸mo nos hicimos comunistas en Colombia?

Por el a帽o 20 el 煤nico caf茅 que exist铆a en Bogot谩 era el Windsor. Era aquel un t铆pico caf茅 de una ciudad feudal. As铆 como no exist铆a sino un caf茅, s贸lo hab铆a tres bancos, El Colombia, El Central y El Bogot谩. La capital era una aldea.


La chistera y el levit贸n no hab铆an a煤n desaparecido. Las mujeres usaban la mantilla y no hab铆a para que pensar en que alguna, as铆 fuese la m谩s innovadora, tocase su cabeza con la pastora que vino despu茅s a complementar la nueva silueta femenina. Vestir de color hubiese sido un signo de rastacuerismo; todo el mundo se ataviaba de negro. El tranv铆a de mulas, con su tintineo, su tropel de cascos y los silbidos caracter铆sticos del postill贸n, pasaba por la Calle Real como una verdadera arrier铆a metida entre rieles. La plaza de Bol铆var, todav铆a empedrada, era la estaci贸n principal de los coches de punto. All铆, sobre el pescante de las victorias y las berlinas, los cocheros, de chistera y casaca, cabeceaban con sus largos l谩tigos en la mano, como practicando el rito de una pesca imposible, seg煤n dec铆a Tejada. No hab铆a entonces un s贸lo autom贸vil de servicio p煤blico. En la calle 13, entre carreras 7陋 y 3陋, entre el Windsor y el caser贸n colonial de los correos, los chalanes hac铆an caracolear los magn铆ficos caballos tra铆dos de las haciendas de la sabana. Aquel trayecto de ochenta metros escasos era lo que hoy es la esquina de la carrera octava con la calle catorce. El v茅rtice de la vida burs谩til. S贸lo que entonces no hab铆a bolsa negra. Todos los negocios de la econom铆a de aquel tiempo (venta de bestias, de cosechas, transacciones de 铆ndole campestre) ten铆an su mercado libre en este sector. Y en el Windsor, naturalmente, se festejaba el cierre de los negocios. Generalmente, en torno al caf茅 tinto, al que tanto le debe la econom铆a nacional, se verificaban estos lazos de uni贸n que luego se sellaban con el famoso brandy Hennessy tres estrellas, compa帽ero de los triunfos durante las guerras civiles en Colombia. Era el licor chic, en todas nuestras aldeas. El whisky no hab铆a aparecido todav铆a.


En aquel ambiente del Windsor, al lado de los hacendados y los negociantes comenz贸 a aparecer un nuevo tipo de hombres. Empezaron a ocupar diariamente las mesitas, sin acuerdo previo, sin una reuni贸n anterior por medio de la cual se declarara fundada con estatutos y reglamento, la nueva generaci贸n colombiana. Iban apareciendo all铆 nuevas caras, trayendo el aporte de su propio mensaje, y sin saberse c贸mo ni cu谩ndo qued贸 establecida una nueva generaci贸n colombiana, sin mensajes ni manifiesto al pa铆s, movida indudablemente por la misma fuerza espont谩nea que le quitaba al pa铆s su c谩scara del siglo XIX y lo incorporaba, al transformarlo en el XX, que llegaba retrasado a Colombia, en todos los 贸rdenes.


Indudablemente, algunos factores que nada ten铆an que ver con la transformaci贸n que se operaba en Colombia, contribuyeron a aproximarnos unos a otros. Carlos Pellicer, el poeta mexicano, hab铆a sido enviado a estudiar en Colombia por la federaci贸n de estudiantes de M茅xico, en un rasgo de aproximaci贸n americanista, que por supuesto a nosotros se nos hac铆a ins贸lito y que qued贸 sin reciprocidad como era l贸gico que ocurriera en el ambiente de un gobierno conservador que ni siquiera se dio cuenta de la presencia de Pellicer. Entre los estudiantes desorganizados y sin aspiraciones, el significado de la presencia de Pellicer entre nosotros pas贸 igualmente inadvertido, de modo que su misi贸n tuvo su cabal cumplimiento entre los grupos de intelectuales que por entonces comenzaban a aparecer en Colombia. Pellicer, naturalmente no nos influenciaba con su poes铆a porque 茅l se hallaba en el mismo per铆odo de iniciaci贸n que nosotros. Pero sus habitaciones, en el tercer piso del edificio Li茅vano, fueron antes que el Windsor, nuestro lugar de reuni贸n habitual, cuando Tejada a煤n no hab铆a llegado a la capital. All铆 sellamos amistad con Le贸n de Greiff, Rafael Maya y Rafael Jaramillo Arango, que ya ten铆an obra y hab铆an publicado versos. Con Germ谩n Pardo Garc铆a, P茅rez Amaya y Octavio Am贸rtegui. Con Jos茅 Enrique Gaviria y Alejandro Navas, Rafael V谩squez, Jos茅 Silva y yo 铆bamos ligados por una indisoluble amistad. De esa misma 茅poca data la amistad de algunos de nosotros con el poeta Eduardo L贸pez, que ya por entonces hab铆a escrito unos de sus m谩s populares versos. Eduardo L贸pez editaba por esa 茅poca su famosa e insuperable obra "Almanaque de los hechos colombianos", que recog铆a en no menos de dos mil p谩ginas un verdadero compendio de la rep煤blica en todas sus actividades. Y all铆 nos public贸 Eduardo L贸pez a Rafael V谩squez y a m铆 nuestras primeras producciones po茅ticas. Era aquel para m铆 un per铆odo primerizo en que dif铆cilmente me debat铆a con la influencia parnasiana. Recuerdo que mi publicaci贸n en el "Almanaque" era un soneto alejandrino intitulado "Cleopatra", en el cual, como es l贸gico, figuraban la trirreme y Marco Antonio, y en el que sosten铆a muy heredianamente, que las palmas de la mano de la egipcia llevaban en la M la inicial del amante latino.


Tejada lleg贸 a Bogot谩 ya bien avanzados los fen贸menos que nos arrojaban por los caminos de una nueva promoci贸n de literatos y artistas, aunque es bueno advertir que esos profundos hechos no nos d谩bamos cuenta, y s贸lo ahora se nos presentan con la claridad que jam谩s tuvieron para nosotros. Nada sab铆amos de la conexi贸n existente entre el palpitar angustioso del mundo de la postguerra y nuestra aparici贸n en la escena colombiana. A煤n hoy mismo no ha sido estudiado en qu茅 forma aquel per铆odo de ansiedad universal vino a perturbar la tranquilidad de muerte de la vida nacional, arremansada en siglos pret茅ritos. A煤n hoy mismo no se han analizado esos resortes ocultos que sacaron al pa铆s de su marasmo y lo colocaron desde entonces en la l铆nea de progreso que lo llev贸 a la transformaci贸n pol铆tica del a帽o 30. Pero nosotros (hoy lo comprendemos) ven铆amos como nuncios de esos hechos. Fuimos la generaci贸n, que a pesar de carecer del idioma pol铆tico apropiado, vaticinamos con nuestra sola actitud de iconoclasticismo literario la ruina de la hegemon铆a. Quiz谩 ninguno de nosotros hubiera podido explicar en qu茅 momento los fen贸menos de la postguerra nos colocaban ante una tarea, que solamente pod铆amos resolver en el campo estrictamente literario.


A ra铆z de la clausura de la guerra, el pa铆s adquiri贸 como otros, una importancia de mercado para el reinicio de la producci贸n industrial de los pueblos avanzados que necesitaban expandir su radio de acci贸n econ贸mica, en previsi贸n de la crisis, que al fin lleg贸, se帽alada por vastos sobrantes de mercanc铆as. Fue entonces cuando llegaron, en equipos de ferrocarriles y en instrumental para carreteras, no menos que en pianolas, en ortof贸nicas y en toda clase de chucher铆as, los veinticinco millones de indemnizaci贸n por Panam谩. Fue entonces cuando se abrieron infinidad de bancos y algunas de las principales industrias, especialmente las textiles. El pa铆s se puso en marcha. La actividad nacional se multiplic贸 y se diversific贸. El trabajo tom贸 nuevos cauces de infinidad de labriegos convertidos en peones de carretera y de ferrocarril comenzaron a buscar en las ciudades las oportunidades de absorci贸n de su trabajo atra铆dos por los salarios urbanos y ya para siempre zafados de la 贸rbita del campo que eternamente los hab铆a constre帽ido a salarios de hambre. Los problemas sociales comenzaron a cobrar volumen en el pa铆s. La intranquilidad social, las huelgas, iniciaron su labor invisible de socavamiento del viejo angarillaje feudal de la hegemon铆a. Con todas las dificultades presentadas por las circunstancias; con la inmadurez de nuestros procesos acumulativos; con las limitaciones e interferencias que se quiera, pero all铆 hab铆a ya dos econom铆as en pugna, la una gastada e incapaz de la campi帽a, y la otra m谩s avanzada, m谩s liberal, en las ciudades y en las obras p煤blicas. Y ese fue, indudablemente, el tel贸n de fondo sobre el cual se proyect贸 la actividad de nuestra generaci贸n, la misma que ahora est谩 llegando al poder.


Cuando Tejada vino a Bogot谩, ya tra铆a ese caracter铆stico sello de vagabundaje que lo hac铆a pasar absorto, por la Calle Real, como si en vez de casas y gente hubiera all铆 palmeras, y en vez de Calle Real hubiese all铆 un camino real. Era un hombre rodeado de paisaje por todos los lados, y en sus ademanes y en su andar se sent铆a la presencia de parajes arbolados y rumorantes r铆os. Ya por entonces Tejada ten铆a ese chaplinismo inconfundible de hombre que hab铆a pasado por muchos apuros y por muchos horizontes. Iba siempre con los pantalones de pasar el r铆o. Cuando yo le conoc铆, ya era el expulsado de la Normal de Medell铆n, ya hab铆a sido poliz贸n en los barcos del r铆o Magdalena, ya hab铆a escrito sus "Gotas de Tinta" en alg煤n peri贸dico de la capital antioque帽a, ya hab铆a estado de aventura y bronca por la Costa Atl谩ntica y ya hab铆a visto la llamita fulgurante de los rev贸lveres rastrillados en la oscuridad de la noche, de que habl贸 despu茅s en una de sus cr贸nicas. Ya estaba instalado en "El Espectador" de Bogot谩, ya hab铆a descubierto el calor de los peri贸dicos, que recomend贸 siempre como lecho insustituible para el abrigo nocturno, y ya hab铆a hecho el invento de los cigarros de hojas de eucaliptus, que elaboraba bajo los 谩rboles del parque del Centenario, y que fumaba con delectante y enso帽adora actitud, sosteniendo que todo estaba en la naturaleza al alcance de la mano y que era absurdo creer que se necesitaba dinero para vivir. Ya era el fil贸sofo y el te贸rico de todas las cosas habidas y por haber que fue la caracter铆stica central de Tejada.


Confieso que cuando le v铆 la primera vez sent铆 cierta repulsi贸n hacia su facha estramb贸tica. Iba arrebujado en un abrigo negro, con el brazo izquierdo colgado de un pa帽uelo, tambi茅n negro, de cuyo trapecio sal铆a, no una mano, sino un atado de trapos. El gran tirol茅s negro, tragado hasta los ojos, no consegu铆a cubrir del todo los vendajes que le ce帽铆an la frente y le cruzaban el ojo izquierdo. Acababa de salir de la cl铆nica. Unos carniceros lo hab铆an atacado una noche de juerga, por haberse interpuesto para defender a un amigo, y lo hab铆an dejado tendido en el suelo, completamente tasajeado a cuchillo. Jam谩s se le oy贸 la menor recriminaci贸n contra sus amigos ni contra sus atacantes.


Al d铆a siguiente de mi primer encuentro con 茅l, estaba yo sentado a mi mesa en el Windsor, cuando vi entrar a Tejada. Pens茅 que la presentaci贸n fugac铆sima del d铆a anterior y mi ninguna prestancia intelectual pues yo estaba in茅dito y 茅l no conoc铆a mis versos, no le permitir铆an saludarme con deferencia, y fing铆 no verlo. Pero Tejada se lleg贸 hasta mi mesa y me salud贸 con el cari帽o y la familiaridad m谩s asombrosos, como si hiciera a帽os que aliment谩ramos la m谩s perfecta amistad. Su naturalidad desarm贸 mi aprensi贸n. Esa fue la primera admiraci贸n que me caus贸 este hombre, y desde entonces la m谩s profunda y noble amistad nos envolvi贸 hasta su muerte.


Tejada ten铆a un poder magn茅tico enorme. De su ser emanaba un fluido atrayente, verdaderamente maravilloso. Una atm贸sfera casi tangible lo circundaba y dentro de ella quedaban como alelados los que se hallaban en torno. Hacia 茅l reflu铆an, completamente absortas y como desarmadas, las personalidades de todos, sin esfuerzo ninguno, como un placer que se reflejaba en los rostros. No era una tiran铆a lo que ejerc铆a. No era la fuerza, casi siempre tirante, del l铆der; el dominio violento del jefe. Era una suave onda, una luz amable, brillante y c谩lida, que lo conduc铆a a uno a estar pendiente de 茅l, de su extraordinaria palabra, de su discurrir por un mundo de esf茅ricas formas, de amor, entre todas las cosas, de exactitud de misterio, de humor y de inmemorial sencillez a un mismo tiempo, que 茅l iba pintando como si se tratara de un sue帽o con los ojos abiertos. El era el centro de nuestra generaci贸n, el jefe nato, nuestro n煤cleo rumorante e inquieto.


Pocos d铆as despu茅s de haberse iniciado nuestra amistad, Tejada desapareci贸 de Bogot谩. Hab铆a ido a casarse. Me dijeron que con una muchacha Gaviria Jaramillo, de Pereira, hija de don Juan y de do帽a Dolores. Para m铆, aquello era una coincidencia, entre extra帽a y curiosa. Cuando ya de regreso, me lo encontr茅 en el caf茅, le ofrec铆 visita y le envi茅 saludos a su esposa. Tejada me mir贸 con cierta sorpresa, como quien no ve铆a bases en mi modo de ser para esta clase de cumplidos sociales. Se hab铆an hospedado en un hotel de la calle doce, arriba de la s茅ptima. Cuando me oy贸 tutear y estrechar efusivamente a Julieta, su asombro fue a煤n mayor. Los dos le explicamos los v铆nculos de familia que nos un铆an. Y esto contribuy贸 a hacer m谩s fuerte mi uni贸n con Tejada, Tejada era mi pariente lejano por lo C贸rdoba y Julieta lo era m谩s pr贸xima por la rama de los Jaramillos; de modo que el traslado a mi casa paterna, que yo les propuse, era una cosa l贸gica. All铆 vivieron dos a帽os.


Fue esta la 茅poca de “El Sol”, peri贸dico que ten铆a por directores a Luis Tejada y Jos茅 Mar, y que se editaba en una imprenta situada en la planta baja del edificio Monta帽a, frente a la plaza de mercado de Las Nieves. Este peri贸dico, cuatro a帽os anterior a la revista de “Los Nuevos”, fue el primer 贸rgano de la nueva generaci贸n colombiana. All铆 aparecimos algunos de los poetas y escritores que despu茅s, ya muerto Tejada, hicimos parte de la agrupaci贸n de “Los Nuevos”. El per铆odico de “El Sol”, que no tuvo una vida larga, fue tambi茅n el per铆odo socialista de Luis Tejada. Era un socialismo que no se atrev铆a a separarse del partido liberal y que encontraba asidero para esta actitud en el propio pensamiento de Benjam铆n Herrera, para quien el socialismo, como lo dijo p煤blicamente en varias ocasiones, era algo consubstancial con la entra帽a misma del liberalismo colombiano. Tejada no estaba muy convencido de ello; 茅l cre铆a que era necesario la aparici贸n de un partido independiente, pero aceptaba de buen grado la simpat铆a que Herrera mostraba por el peri贸dico, y la deferente atenci贸n que el gran caudillo ofrec铆a al movimiento juvenil que pugnaba por cristalizar en “El Sol”. No fueron pocas las veces que vimos al general Herrera preferirnos en el trato frente a l铆deres connotados del liberalismo, y en una o dos ocasiones su inter茅s por nosotros se mostr贸 en ayuda monetaria para el peri贸dico. De aquella 茅poca, guardo todav铆a como recuerdo imborrable la figura magn铆fica de este extraordinario ejemplar humano, poderoso y terrible, inconmovible y como tallado en piedra berroque帽a, ante el cual los grandes se ve铆an peque帽os. Herrera era un hombre de tan acendrado dominio, de una tan incre铆ble concreci贸n de personalidad, que m谩s que un hombre parec铆a un mito. Lo primero que se sent铆a ante Herrera, por reflejo, era el orgullo de ser colombiano, porque en 茅l se hac铆a tangible la comprensi贸n de un pueblo grande hoy y ma帽ana y siempre. Pueblo que produce esta clase de hombres es un gran pueblo. Tejada y yo siempre and谩bamos juntos, lo que hac铆a que nuestros amigos me llamaran "l’enfant g谩te" de Tejada. Por las tardes siempre nos cit谩bamos para irnos a casa. El trabajaba en El Espectador y yo en el Banco de Londres. Una tarde, mientras yo lo esperaba en la esquina de la catorce con la s茅ptima, sali贸 del peri贸dico y se vino precipitadamente a mi encuentro, dici茅ndome sin saludarme: "Aqu铆 en esta casa est谩 en este momento un ruso que quiere hablar con nosotros. Ah铆 hay una reuni贸n de obreros liberales, que lo han citado para que los oriente sobre la posici贸n de los trabajadores en las pr贸ximas elecciones. Subamos. Cuando termine nos vamos con 茅l y charlamos. Esto puede ser muy interesante". La casa de que hablaba Tejada era la misma en que hoy est谩 "La Cigarra". El ruso no era otro que Silvestre Sawinsky.


Sawinsky viv铆a en la vieja y amplia casa que queda inmediatamente despu茅s de lo que hoy es la plaza de San Mart铆n hacia el norte. All铆 entramos. Recuerdo que en el vasto corredor nos llam贸 la atenci贸n ver numerosos cueros colgados, y Sawinsky nos dijo que se hab铆a dedicado a la curtiembre, para ganarse la vida. Nos present贸 a su esposa y nos instalamos en la amplia sala ante una gran mesa, cubierta con una gruesatela de terciopelo verde, y sobre la cual una caparaz贸n de tortuga con una caja de metal incrustada serv铆a de cenicero de agua. Pronto comenzamos a menudear las tazas de t茅, de las cuales tomamos como diez, a la manera rusa, mientras plane谩bamos el nuevo partido. Como a las nueve de la noche salimos de all铆, despu茅s de haber dejado un cerro de colillas dentro del recipiente de la tortuga. Hab铆amos trazado el esquema para la formaci贸n del partido comunista en Colombia. Llev谩bamos la lista de los nuestros, que se redact贸 de mi pu帽o y letra, y a la cual hab铆amos agregado algunos nombres que juzg谩bamos adictos a nuestra causa, entre otros, Luis Cano, Armando Solano y Alfonso Villegas Restrepo. Digo esto, porque nadie sab铆a c贸mo se fund贸 el partido comunista de entonces, es decir de d贸nde parti贸 la idea, y he o铆do muchas versiones contrarias a la realidad, de gentes que desean hacerse pasar por personas actuantes (el subrayado es m铆o). No. Aquella noche no est谩bamos presentes sino Sawinsky, Tejada y yo. De all铆 convocamos a una reuni贸n, en la cual qued贸 constitu铆do el nuevo partido. No est谩 por dem谩s decir que ni Luis Cano, ni Armando Solano, ni Alfonso Villegas Restrepo concurrieron nunca a ninguna de nuestras reuniones.


Pronto nuestro partido se encontr贸 con muy serios problemas que nosotros no sab铆amos c贸mo resolver. La cuesti贸n org谩nica y nuestra conexi贸n con las masas eran cosas al rojo blanco sin la soluci贸n de las cuales podr铆amos subsistir. Ni Sawinsky ni nosotros sab铆amos nada en cuanto a los procedimientos. Ignor谩bamos por completo c贸mo se hac铆a un partido comunista. Era aquella una 茅poca en que el resplandor de la revoluci贸n rusa iluminaba el universo, y todos los hombres libres del mundo quer铆an ir por esa senda, lo que no significaba necesariamente que quienes as铆 pensaran fuesen te贸ricos consumados. El conocimiento de Marx y de los m茅todos revolucionarios de los rusos no se hab铆an generalizado. En la prensa todav铆a se le铆a que el general Soviet se hab铆a tomado al sur de Rusia una importante ciudad llamada Lenin. En estas circunstancias, nosotros resolvimos como mejor pudimos nuestros embarazantes problemas. Le dimos al partido, por proposici贸n de Mois茅s Prieto, una secreta organizaci贸n tipo mas贸nico, por grados, con sus signos, sus convenciones, sus palabras claves para los momentos de peligro. Y en cuanto a programa, yo traduje con Sawinsky el programa del P.C. ruso y echamos diez mil copias en mime贸grafo, que fueron a parar al r铆o Magdalena, a los cuarteles, a las organizaciones obreras, etc. Su distribuci贸n fue tan completa, que todav铆a se acuerdan de haberlo recibido los obreros de muchos lugares del pa铆s. No abandonamos tampoco el trabajo en el ej茅rcito, y fue por nuestra labor de hojas sueltas, al frente de la cual estaba Sawinsky, que el buen ruso, m谩s terrorista que bolchevique y m谩s ni帽o que hombre terrible fue expulsado del pa铆s.


Un d铆a me llam贸 Tejada con mucho sigilo para decirme que hab铆an inventado un grado superior, el 煤ltimo al que s贸lo ten铆an acceso los elegidos, pues hab铆a ciertas cosas que no se pod铆an tratar delante de algunos camaradas, en los cuales no se ten铆a la suficiente confianza. Me advirti贸 que mi iniciaci贸n all铆 se hab铆a fijado para una sesi贸n especial, como en efecto ocurri贸. Por entonces Tejada ya viv铆a en una casa de la calle doce, casi contra el paseo Bol铆var. En un cuarto oscuro, iluminado apenas por una vela de sebo, se efectu贸 la ceremonia de mi ingreso al m谩s alto grado. De pie, en torno de una mesa, se hallaban Tejada, Sawinsky, Jos茅 Mar, Mois茅s Prieto y Diego Mej铆a. Sobre la mesa reposaban los s铆mbolos de la purificaci贸n y la fe del comunista, consistentes en la constituci贸n rusa, el programa del partido y, encima, una pistola, alegor铆a de la violencia revolucionaria y a la vez del castigo que esperaba al traidor. El juramento consist铆a en un largo interrogatorio escrito, que Sawinsky ley贸 aquella noche, con su particular acento ruso. Se hablaba en voz baja. Tejada se transfiguraba por completo, y a la escasa luz de la vela se le ve铆a pose铆do de la m谩s intensa emoci贸n. A Sawinsky le temblaba levemente el labio inferior. La respiraci贸n de todos parec铆a contenida. El interrogatorio lleg贸 a aquello de "jura usted no hacer diferencia de razas?", y yo respond铆 : lo juro; "jura usted no hacer diferencia de nacionalidades?", y yo respond铆 lo juro. Pero cuando se me dijo: "Jura usted no hacer diferencia de sexos?", d铆 inmediatamente el grito, separ谩ndome del grupo. "No, me es imposible jurar eso", exclam茅. La estupefacci贸n se apoder贸 de todos. Tejada me miraba con angustia escrutadoramente. "Por qu茅 no juras?", me dijo con un tono de ruego. Yo les dije "Lo de la supresi贸n de la diferencia de sexos no lo juro, porque por pepiciego que uno est茅 siempre sabe qui茅n es hombre y qui茅n es mujer". Todav铆a oigo las carcajadas de Jos茅 Mar y las recriminaciones de Tejada, que no conceb铆a que se llevara ning煤n esp铆ritu ligero a semejante ambiente de solemnidad y de misterio.


La conexi贸n con los obreros es cap铆tulo aparte. Este se torn贸 muy pronto en nuestro insoluble problema central. Hab铆amos conseguido a un obrero de la construcci贸n, Manuel Avella, y a Lozada, un maquinista del ferrocarril. Pero necesit谩bamos las grandes masas. Una comisi贸n compuesta por Jos茅 Mar y Prieto, que enviamos a Girardot, meca entonces del socialismo, hab铆a fracasado. Entonces resolvimos todos salir a la conquista de las masas. Se nos hab铆a dicho que en el paseo Bol铆var por las tardes, se reun铆an muchos obreros, pues all铆 se hac铆a una venta de comestibles calientes y era el mejor sitio para encontrarlos en conjunto. Hacia all谩 nos dirigimos, pasando por el barrio de Las Aguas siempre en busca de obreros, que no hallamos por el camino. Arriba, evidentemente, se agitaba una muchedumbre desharrapada, en una especie de feria o de fiesta, en torno a las ollas humeantes. Al frente ten铆amos el espect谩culo de la ciudad, con su rumor de 贸rgano, y m谩s all谩, hasta el conf铆n verde de la sabana. Nos acercamos a los trabajadores, pero no sab铆amos c贸mo abordarlos, qu茅 decirles, c贸mo entrar en conversaci贸n con ellos. Casi ni nos miraban. Estaban muy atareados en su comida, comprando aqu铆 y all谩 centavos de cosas. Entonces, cuando ya 铆bamos a fracasar del todo, Tejada se acerc贸 a nosotros dici茅ndonos: "Bueno, bueno hagamos una colecta para esta gente". Y vaciamos nuestros bolsillos, para que los obreros pudieran comer un poco mejor aquella tarde. Despu茅s, descendimos del paseo Bol铆var, sin haber podido hablar ni una sola palabra con aquellos obreros sobre nuestros prop贸sitos, pero felices de haberlos ayudado en algo. S贸lo o铆mos que uno de ellos rezong贸 algo sobre los electoreros que van a buscarlos con obsequios cuando quieren sus votos. Juro que esta escena me ha ayudado extraordinariamente a comprender a Charlot.


Pacho de Heredia, el famoso l铆der socialista que muri贸 quemado en el incendio de un hotel de Costa Rica, hab铆a convocado al tercer congreso socialista de Colombia, que se reuni贸 en un largo sal贸n del tercer piso del edificio Li茅vano, en la plaza de Bol铆var. De Heredia se peleaba con nosotros, pero eso no fue 贸bice para que nos enviara a todos credenciales de organizaciones obreras que ni siquiera conoc铆amos, para que asisti茅ramos como delegados al congreso. Recuerdo que a m铆 me correspondi贸 representar a los obreros de la Zona Bananera. All铆, en aquel congreso, nuestra actividad fue feroz contra el socialismo. Y, como era natural, nuestras bater铆as iban dirigidas contra el socialismo de Girardot, que gobernaba la ciudad desde el concejo y que, seg煤n nosotros, se hab铆a pervertido en el reparto de las preeminencias y del presupuesto. Nosotros hicimos declarar aquel congreso: Primer Congreso Comunista de Colombia. El mono D谩vila, que representaba al socialismo fue nuestra v铆ctima propiciatoria, y se defend铆a de todos muy airosamente. S贸lo una vez que el loco Zambrano (un muchacho enviado por los obreros de Boyac谩, que en el congreso se declar贸 comunista y march贸 con nuestras tesis) le acus贸 de prestar plata al diez por ciento, el mono perdi贸 los estribos, y exclam贸: "A quien me vuelva a decir esa impostura, o lo desaf铆o, o lo condeno al desprecio de mis conciudadanos". Y el loco le replic贸 con toda calma: "Vea camarada: yo prefiero lo segundo". All铆 mismo nos encontramos con Alejandro Vallejo, que desde entonces form贸 parte de nuestra agrupaci贸n. Una noche, Vallejo hac铆a el ataque m谩s violento al programa socialista de Heredia, que hab铆a sido promulgado en a帽os anteriores en Honda. Vallejo dur贸 cerca de una hora descuartizando el programa de Honda. Ese programa era una basura; ese programa no val铆a nada. De pronto Heredia le pregunt贸 al orador: "D铆game una cosa: usted conoce el programa de Honda?"; a lo cual replic贸 el orador, impert茅rrito: "Yo no conozco el programa de Honda". La carcajada fue general. Pero era que nosotros se帽al谩bamos con anterioridad quienes deb铆an intervenir en los debates no por el conocimiento que tuvieran de la materia, sino por el grado de capacidad para hablar.


En aquel congreso conocimos a Ra煤l Eduardo Mahecha, a quien llevamos a nuestra organizaci贸n una noche para conocerlo y saber de qui茅n se trataba. Confieso que nos caus贸 p茅sima impresi贸n. Mahecha se vanagloriaba de sacarles dinero a los yanquis de Barrancabermeja, de amenazarlos con huelgas si no le suministraban la plata y de otras lindezas por el estilo. Lo dec铆a con tal naturalidad como si estuviera convencido de que esa era la esencia el alfa y el omega del movimiento revolucionario. Mostraba esos actos suyos, como grandes triunfos de sagacidad revolucionaria. Al propio congreso hab铆a venido con sueldo de la empresa petrolera y con aire de victoria nos mostraba los telegramas en que le anunciaban los giros. A m铆 me pareci贸, perd贸neseme que lo diga, un criminal nato, inconsciente. Y ese era el presidente del congreso obrero. Ped铆 que lo derroc谩ramos, pero la oportunidad de hacerlo parece que no se present贸.


Despu茅s hicimos Tejada y yo un viaje al Quind铆o, siempre con la idea fija de buscar obreros aut茅nticos. En un hotelito de Cajamarca redact茅 el primer manifiesto que yo hac铆a destinado a los obreros del Quind铆o, que publicamos en Calarc谩, mi ciudad natal. Tejada se mostr贸 sorprendido de mis estilo revolucionario y alab贸 con mucho entusiasmo mi manifiesto. En Calarc谩 salieron algunos obreros a recibirme. Tejada estaba optimista. ¿Ves?, me dec铆a; los obreros son muy inteligentes y acabar谩n por responder a nuestros llamados. Vamos a hacer un gran partido. Pero en Pereira, fin de nuestro viaje, ya no vino nadie a vernos. All铆 iniciamos a Fortunato Gaviria, hermano de la mujer de Tejada. La iniciaci贸n que se hizo con la solemnidad de la m铆a, de que ya he hablado, no surti贸 su efecto de misterio y de sigiloso secreto. La casa ten铆a una ac煤stica endemoniada; todo el mundo, en la planta baja, de almacenes y tiendas, se dio cuenta de todo cuanto dijimos e hicimos. Y al d铆a siguiente todo Pereira sab铆a que hab铆amos ido a la ciudad.


Tejada era un comunista convencido. Indudablemente, nuestro movimiento, en el fondo, era un movimiento liberal, como lo fue en gran parte, a帽os despu茅s el movimiento socialista revolucionario (el subrayado es m铆o). El partido liberal, con la pesada herencia del fracaso de la guerra civil iba de mal en peor. Nadie cre铆a ya en que pudiera levantarse de la postraci贸n en que se encontraba. Y en estas condiciones, se buscaban sustitutos, otras formulaciones y otros medios que supon铆an m谩s eficaces para el derrocamiento del conservatismo. Mucho de eso hab铆a en nuestro movimiento. Pero no en Tejada. Tejada era comunista, con la visi贸n de una sociedad mejor y m谩s equitativa para la humanidad. De ah铆 que yo no juzgue a Tejada como obligadamente lo juzga la gente: como un cronista que ha producido Colombia; el mejor, en una abarcadura m谩s ancha, del habla espa帽ola, que a煤n no ha sido superado ni igualado aqu铆 ni fuera del pa铆s. Porque Tejada era m谩s que eso. Tejada era un ap贸stol, un l铆der incomparable del proletariado. Muri贸 en el momento en que se estructuraba ideol贸gicamente en el marxismo, cuando antes sus ojos de visionario la escritura del viejo alem谩n le abr铆a las puertas de un mundo amable para todos, en el cual hab铆a so帽ado siempre. Am贸 a la humanidad con un amor entra帽able. Am贸 a los humildes, y supo con toda claridad que ellos ser谩n poseedores de un para铆so aqu铆 en la tierra. Por hacer m谩s pr贸ximo ese para铆so, luch贸 hasta su 煤ltimo aliento.


Luis Vidales.-Fotograf铆a tomada en 1948


*Publicado en el semanario "S谩bado", 10 de noviembre de 1945. Reproducido en la revista Folios N° 6, Universidad de Antioquia, Colombia.
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