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Sobre la percepci贸n del arte actual (parte 2)

1. Descalificaciones

04-laura-lima-theredlistLaura Lima, (Charutos, 2009)
Las descalificaciones del p煤blico hacia el arte actual son respondidas por los sabios con serios escritos que, a poco que se analicen, se descubre que no son otra cosa que descalificaciones de las descalificaciones. Esa seriedad es m谩s pose que postura justificada. La falta de razones de la que, denuncian, adolecen los ignorantes la sufren ellos mismos.
Una argumentaci贸n –que no razonamiento– que presentan los sabios para hacer frente a las dudas sobre su verdad, es el recuerdo de que los artistas del siglo XIX que fueron apartados del sal贸n oficial y sufrieron las burlas del p煤blico en el sal贸n de los rechazados, hoy gozan del reconocimiento general y que sus obras supusieron un cambio en la historia del arte del que hoy nos enorgullecemos.
Pero esa defensa, analizada cuidadosamente, resulta ser la exposici贸n de una evidencia y no una raz贸n, que es lo que cabr铆a esperar de un sabio. La evidencia demuestra un caso pero no justifica 茅ste ni los dem谩s.
El desprecio de los ignorantes de aquel tiempo hacia la novedad art铆stica es esgrimido por los sabios actuales para negar valor a las cr铆ticas de los que llaman ignorantes. Pero paremos el carro un momento y analicemos lo que ocurri贸 en aquel entonces, porque no fue un p煤blico de ignorantes quien rechaz贸 aquellas obras, fueron pintores consagrados que, justificadamente, tanto si les gusta a nuestros sabios como si no, los que negaron la entrada de aquellas creaciones en un sal贸n aduciendo, razonadamente, que no se ajustaban a los c谩nones acad茅micos. Es decir, con independencia de que aquellas razones fueran o no suficientes, razones ten铆an.
A pesar de todo, se vendieron algunas obras y no podemos saber cu谩l hubiera sido la reacci贸n del p煤blico si esas obras hubieran entrado en el sal贸n oficial. Si nuestra sociedad respeta la jerarqu铆a –al menos ciertas jerarqu铆as- es muy probable que, con la aprobaci贸n de la academia, las obras hubieran causado extra帽eza antes que burla, la cual deriva del rechazo oficial, es decir: se hab铆a creado una justificaci贸n social para el desprecio.
A diferencia del jurado del siglo XIX, nuestros sabios carecen de razones y, con el ejemplo del pasado, hacen dos cosas inadmisibles en una argumentaci贸n l贸gica, la primera, descalificar a quienes se opusieron al nuevo arte para poder descalificar moralmente a todo aquel que critique la novedad en cualquier tiempo -lo cual es una postura muy astuta, pues de esta forma se evitan entrar en el fondo de la cuesti贸n, ya que el desprecio personal supone trasladar la discusi贸n de una posici贸n te贸rica a otra emocional, un terreno en el que tienen, gracias a esa astucia, m谩s probabilidades de 茅xito. Si primero sustituyeron la raz贸n por la evidencia, ahora, la sustituyen por la descalificaci贸n personal.
Lo segundo que hacen los sabios, habiendo ocupado la posici贸n de los acad茅micos, es imponer su modo de pensar a la sociedad; y no niego que tengan raz贸n, lo que niego es que tengan razones y, adem谩s, rechazo que la raz贸n pueda imponerse por la fuerza porque, en lugar de pensadores, tendr铆amos dictadores.

Nancy Fouts
2.- Manipulaci贸n moderna
Es hora de poner en evidencia la mala praxis en el ejercicio de la raz贸n que parece derivar de la experiencia jur铆dica y pol铆tica, dos 谩mbitos en los que: quien vence es quien convence, con independencia de quien posea la verdad. Porque, si hemos dicho que a veces han evitado astutamente la argumentaci贸n, cierto es que ofrecen opiniones. Pero una teor铆a y una filosof铆a que se dejan dirigir por el triunfo de quien mejor ha sabido defender susintereses, en lugar competir por alcanzar la verdad, pronto, acaba apart谩ndose de esa verdad por haberse perdido en el mundo de la fantas铆a.
En el tiempo de la raz贸n, el hombre moderno se siente superior al del pasado, ignorando que son la misma cosa,  y se convence de que su superioridad es consecuencia del progreso, lo que lleva al rechazo del pasado y de sus valores. L贸gicamente, considera que la tergiversaci贸n de la raz贸n es un progreso, como lo demuestra el triunfo en el derecho y la pol铆tica de quien la practica, y que sus verdades son superiores a las evidencias. Aplica, con esa l贸gica, la tecnolog铆a, fruto de su progreso, al pensamiento y a la exposici贸n. El lenguaje se vuelve mec谩nico, perdiendo toda naturalidad, como la han perdido la l贸gica y las conclusiones; y la consecuencia de desarrollar los diversos aspectos de una mala conclusi贸n de forma artificial es un c煤mulo de errores que crece constantemente porque nadie se cuestiona el principio de su desarrollo y se sigue aplicando.
De las distintas formas de conocimiento, el sabio s贸lo aprecia la “raz贸n”; niegan, a veces, hasta la evidencia y, siempre, la comprensi贸n.
3.- L铆mites
exposici贸n 4潞 espacio
Gema Rup茅rez, (Esperando su cuerpo)
Si el arte moderno y el contempor谩neo tienen una justificaci贸n, tienen, tambi茅n, sus l铆mites dentro del 谩mbito de esa justificaci贸n. Por lo tanto, no cualquier cosa es arte moderno.
Dentro de cada estilo existen calidades y es de esperar que un gran artista ofrezca las mejores soluciones. Es imposible que un artista haga, en cada caso, una obra genial, por ello, ni puede negarse que har谩 obras de menor calidad ni pueden negarse las cr铆ticas a tales obras, aun aceptando que no es posible la superaci贸n constante y que la cr铆tica debiera tenerlo en cuenta.
Entendemos que ni el p煤blico puede negar todo el arte a partir de las obras m谩s estramb贸ticas que se conocen ni los sabios pueden defender todas las creaciones de un tiempo o toda la obra de un cierto artista con el fin de salvaguardar el prestigio de ese artista y de refutar a sus detractores.
4.- Fines reales

boris-taslitzky-cuadro-holocaustoBoris Taslitzky
Pero si sabemos llegar al fondo de la cuesti贸n encontraremos que la intenci贸n de los sabios va por un camino muy distinto. Desde el comienzo del siglo XX, lo que se defiende a trav茅s del arte moderno es la subversi贸n social. El elogio a la corrosi贸n y el lamento actual por la corrosividad perdida, tras un afirmado fin de la modernidad, no es m谩s que la defensa de una ideolog铆a que pretende con lisonjas atraer a sus filas sin que se percate de ello, a una masa social que en principio ser铆a contraria a esa ideolog铆a para poder introducir en la sociedad los mismos cambios que se han implantado en el arte y a los que, por principios, esa masa de catec煤menos se opondr铆a. Y no es que el arte moderno carezca de fundamento, al contrario, hemos expresado muchas veces nuestra opini贸n de que esas formas necesitaban manifestarse y que lo lamentable es su utilizaci贸n interesada. El desprecio de la denominaci贸n de arte degenerado con la que se defini贸 ese arte en la Alemania Nazi parece suficiente para captar adeptos al nuevo arte entre quienes pretenden ser “hombres modernos” que, sin saberlo, modificar谩n su pensamiento. Lo que no nos dicen estos ide贸logos disfrazados con piel de  sabios es que, en el otro bando, siguiendo instrucciones desde Mosc煤 y sin llamarlo degenerado, se prohibi贸 ese arte y lo que se impuso fue un arte figurativo lisonjero con el poder y nada corrosivo para con las estructuras sociales impuestas en aquel otro lugar por la fuerza. Y en la cultura occidental nos hemos quedado elogiando el arte actual como hombres modernos que somos amantes del progreso por lo que podemos asegurar una larga permanencia de la perversi贸n l贸gica, pol铆tica y jur铆dica a las que hemos hecho alusi贸n.

5.- La moralidad social

Pawel-KuczynskiLa moralidad social
La gran astucia de los defensores ideol贸gicos de lo moderno ha consistido en estigmatizar al disidente. Sin decirlo claramente, dan a entender una relaci贸n entre la negaci贸n del valor del arte y la violencia f铆sica y, parece, que hasta con el origen de la guerra. Si los antiguos establec铆an la relaci贸n bueno=bello=verdad, los modernos establecen disidente=nazi=violencia, garantizando que nadie se acerque a esa mentalidad y que el com煤n de los mortales se aleje de quienes la defienden, por lo que el cr铆tico acaba convertido en un paria social.
Una de las pr谩cticas comerciales existentes consiste en decir que tal art铆culo es para el cuidado del beb茅, de forma que el cliente entiende que no comprar ese producto significar铆a que esa madre no cuida de su hijo. Y para demostrar a la sociedad que ella cuida de su peque帽o, gasta el dinero en algo que quiz谩 no necesite. Con unas simples palabras se ha condicionado la conducta de los compradores. Los ide贸logos, por su parte, han logrado implantar la idea de que la cr铆tica a la modernidad es propia de seres antisociales y que las consecuencias de no acabar con esa forma de pensar son terribles. Y resulta que quienes denuncian tales pr谩cticas son quienes las emplean. El p煤blico moderno, que se considera inteligente, se cree todo lo que bien se expresa aunque contradiga lo que se ve.
La soluci贸n que proponen los sabios para acabar con los disidentes es la de crear cauces para educar al p煤blico inculto que se ha visto influenciado por ese pensamiento. Es decir, pretenden desideologizar  a quien tenga ideas contrarias a las suyas —lo que se conoce como reeducar— para que todo el mundo vaya por el camino que ellos han marcado. “Ellos” tienen derecho a hacer lo que proh铆ben a otros, pero adem谩s exigen la colaboraci贸n de las instituciones porque lo que ellos buscan es el bien com煤n: el fin de la violencia.
Por un lado, acaban de establecer que criticar el arte moderno genera violencia ¿C贸mo se ha establecido? mediante una simple afirmaci贸n, ya que en el mundo racional, es la palabra y no los hechos la que crea la realidad. Establecida la relaci贸n entre cr铆tica y violencia, se deduce que es imprescindible acabar con esos disidentes cuanto antes. Vuelven a recurrir al m茅todo de realizar las afirmaciones que saben que no son ciertas pero saben que ser谩n cre铆das.
Ya hab铆an dejado que se entendiera una relaci贸n exclusivamente entre la cr铆tica al arte moderno y la ideolog铆a fascista –como si el comunismo no hubiera hecho lo mismo- y lo que estamos viendo es que quienes ponen marcas con estrellas y pretenden acabar con los disidentes del arte moderno son los defensores de ese arte moderno. Podemos burlarnos de Jesucristo, de Mahoma y de los reyes de Espa帽a ya que los creyentes y los partidarios de esa instituci贸n deben soportar las burlas que no son otra cosa que el ejercicio leg铆timo del derecho a la libertad de expresi贸n, pero se proh铆be cuestionar el valor del arte moderno y que se tenga una opini贸n distinta de la oficial. Lo de tener dos varas de medir no parece propio del hombre honesto.
Por otro lado, los sabios demuestran con sus planteamientos que se han encargado de justificar la forma de dirigir las instituciones p煤blicas, que, en definitiva, era lo que buscaban.

6.- Su verdad

Abramovic, arte conceptual
Pero ¿cu谩l es esa gran verdad que quieren imponernos? no sabemos porque no han sido capaces de explicarla. Pero tampoco es que a ellos les interese averiguarlo. Para ellos el arte es un medio de poder, no un objeto de conocimiento.
Si se desea criticar honestamente la postura de quienes ponen en duda el valor del arte moderno, lo primero que se debe cuidar es la higiene moral para no entrar en el juego sucio de descalificar personalmente a quienes mantienen una postura contraria; porque esa conducta nada tiene que ver con la exposici贸n de una teor铆a art铆stica.  Y, lo segundo, en el caso de un supuesto sabio, poseer una capacidad y un respeto a la inteligencia para ofrecer definiciones algo m谩s razonadas que esa de que arte es lo que llamamos arte.

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