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Inicia construcci贸n simb贸lica del Museo Nacional de la Memoria

Hay un edificio construido en el lote desierto donde se cruzan la calle 26 y la carrera 34 de la ciudad de Bogot谩. All铆, en el pastizal que por las noches se llena de basura, cimentado sobre cuatro pilares se erige el Museo Nacional de la Memoria. Su construcci贸n se culmin贸 a las 5:30 de la madrugada del 9 de abril de 2016, el D铆a Nacional en Conmemoraci贸n de las V铆ctimas del conflicto armado en Colombia.

Los ojos no ven al edificio que el mamo de la comunidad Wiwa, Rafael Chimusquero, levant贸 con ayuda de todos los presentes en la ceremonia. Los muros all铆 construidos son espirituales. “Es como cuando vas a construir un edificio y colocas la primera piedra. Lo que hicimos fue poner una primera piedra espiritual. Se sientan las bases sagradas que van a sostener ese sitio de memoria”, explic贸 Jos茅 Gregorio Rodr铆guez, otro de los wiwa presentes en el ritual.
En el limbo entre la noche y el d铆a, cuando a煤n hay oscuridad pero elalumbrado p煤blico comienza a apagarse, se inici贸 el ritual. Serankua, padre de todo y de todos, apareci贸 con la quema de hojas secas de frailej贸n, que los ind铆genas recogieron en la Sierra Nevada de Santa Martadespu茅s de dos d铆as enteros de caminata hacia el p谩ramo. 脡l, quien en espa帽ol significa “tinieblas y amanecer”, se hizo presente mientras el fuego ard铆a.
Tres d铆as antes, en la cima de Monserrate, los mamos le pidieron a Serankua su permiso para levantar los muros. La Sierra tiene unas relaciones espirituales con varios sitios de Am茅rica, explica Antonio Pinto.“Los cerros son los gobernantes espirituales. Son el puente para que le pidamos el permiso a los padres”, le coment贸 Jos茅 Gregorio Rodr铆guez aEl Espectador. Despu茅s de cinco horas de conversaciones en silencio, loswiwas obtuvieron el visto bueno de sus padres.
Gil Faracade, l铆der de los Huitoto que habitan en La Chorrera, en el coraz贸n del Amazonas, habl贸 con su dios, Naainuema, quien oculto a los sentidos, bendijo con la “palabra dulce” el terreno donde los wiwas estaban a punto de comenzar el ritual. “Ha llegado el d铆a de la armon铆a.Hoy se unen el mar y la tierra. Hoy se unen los hombres de mar y de bosque, y los de la tierra y del espacio. Hoy el mito ancestral se hace realidad”. Su voz se entremezclaba con los trinos de los p谩jaros y el estruendo de los primeros buses del Sitp.
Despu茅s la voz de Rafael Chimusquero sali贸 desde su garganta como una vibraci贸n, un resorte chocando contra el aire de manera irregular. El mamo, cuyo nombre wiwa es Awimaku –el l铆der–, cant贸 durante unos cuantos minutos. Las quince alabadoras de Pogue (Choc贸) no le quitaron la mirada de encima. Los otros presentes, entre quienes estaban el embajador de Suiza, y el director del Centro de Memoria Hist贸rica, Gonzalo S谩nchez, tambi茅n escucharon con la mirada baja.
Luego Awimaku –el l铆der– habl贸 en su lengua original. Yeismith Armanta, un joven wiwa, tradujo. “A trav茅s de distintas formas de violencia, hemos vivido varios procesos en la naturaleza” dijo. Record贸 la violencia que acosa a su pueblo desde las 茅pocas de la Conquista. Primero laspr谩cticas ancestrales y religiosas, despu茅s la usurpaci贸n del territorio,luego la llegada de los actores armados, todas violencia contra los “hermanos mayores” –como se llaman a s铆 mismos los wiwa– y contra el territorio mismo.
Entre 2002 y 2003, de acuerdo con el Observatorio del Programa Presidencial para los DDHH y el DIH, los Wiwa fueron v铆ctimas de quema y saqueo de sus viviendas, centros educativos, puestos de salud y tiendas comunitarias, adem谩s de asesinatos y desplazamiento forzado. Dice Jos茅 Rodr铆guez que: “no nos gusta llorar a las v铆ctimas, tenemos unaconcepci贸n diferente de la vida y la muerte, son partes integrales del ser humano. Nosotros a las v铆ctimas las vemos distinto”.
Por eso, para ellos, la tierra donde se derrama sangre, donde se siembra una mina, donde se dispara un arma, es la primera v铆ctima del conflicto armado. Y por eso la construcci贸n de un lugar de memoria debe comenzar por el saneamiento del espacio. “Para nosotros la memoria es algo vivo, porque vivimos y nos alimentamos de la historia -explica David Gil-. Memoria es sanear ese dolor para que la persona supere el hecho violento, porque pensarlo solo le va a traer perjuicios en la vida”.
– Recordar todo lo malo. Evocar para soltar. En el momento en que se piensa se est谩 soltando lo maligno– concluy贸 Yeismith Areta, quien invit贸 a todos los presentes a tomarse de las manos y dejar ir la maldad que han presenciado.
Luego quince mujeres negras, ya con la luz gris de las siete de la ma帽ana, se pusieron de pie. De espaldas a Monserrate, todav铆a envuelto en niebla, evocaron a sus muertos, los de la Masacre de Bojay谩. Invocaron sus 谩nimas al lugar que esperan sea santo, “de paz y de resistencia”.
–Venimos, venimos de diferentes lugares
A rescatar la cultura, sacramento de unidad
Es el inicio de un relato.
As铆 termin贸 la primera parte del ritual. La 煤ltima, el enterramiento de cuentas de collar wiwa, que instaura de manera definitiva la presencia de Serankua, se llevar谩 a cabo cuando se inaugure el cuerpo f铆sico del Museo Nacional de la Memoria, lo que seg煤n Gonzalo S谩nchez, director del Centro de Memoria Hist贸rica, ocurrir谩 en 2018. Por supuesto, los Wiwa regresar谩n para coronar el edficio que albergar谩 los recuerdos de las v铆ctimas –y de sus luchas– en medio siglo de guerra en Colombia. 


mrubiano@elespectador.com