Por: Hans-Georg Gadamer
Cuando Heidegger elev贸 el tema de la comprensi贸n desde una metodolog铆a de las ciencias del esp铆ritu a la condici贸n de un existencial y fundamento de una ontolog铆a del «ser-ah铆», la dimensi贸n hermen茅utica no represent贸 ya un estrato superior en el estudio de la intencionalidad fenomenol贸gica, estudio basado en la percepci贸n directa, sino que hizo aflorar sobre una base europea y dentro de la orientaci贸n de la fenomenolog铆a lo que en la l贸gica anglosajona aparec铆a casi simult谩neamente como el linguistic turn. En la forma originaria, husserliana y scheleriana de la investigaci贸n fenomenol贸gica, el lenguaje habr铆a quedado en la penumbra, a pesar del giro dado hacia el Lebenswelt («mundo de la vida»).
En la fenomenolog铆a se hab铆a repetido el abismal olvido ling眉铆stico que ya caracteriz贸 al idealismo transcendental y que pareci贸 confirmarse en la desafortunada cr铆tica de Herder al giro transcendental kantiano El lenguaje no encontr贸 un sitio de honor ni siquiera en la dial茅ctica y la l贸gica hegeliana. Por otra parte Hegel aludi贸 alguna vez al instinto l贸gico del lenguaje, cuya anticipaci贸n especulativa del Absoluto dio origen a la obra genial de la L贸gica hegeliana. En realidad, tras la germanizaci贸n amanerada del lenguaje escolar de la metaf铆sica por Kant, el aporte de Hegel al lenguaje de la filosof铆a fue de innegable relevancia. Hegel destac贸 la gran labor de Arist贸teles en la formaci贸n del lenguaje y de los conceptos, y sigui贸 su egregio ejemplo al intentar salvar en el lenguaje del concepto mucho del esp铆ritu de su lengua materna. Esta circunstancia le ha acarreado el inconveniente de la intraducibilidad, una barrera que ha sido insalvable durante m谩s de un siglo y que hoy sigue constituyendo un obst谩culo dif铆cil de franquear. Pero lo cierto es que tampoco Hegel otorg贸 al lenguaje un puesto central.
En Heidegger se repiti贸 una irrupci贸n parecida, a煤n m谩s vigorosa, de impulso ling眉铆stico originario en la esfera del pensamiento. A ello contribuy贸 su recurso a la originariedad del lenguaje filos贸fico griego.
El «lenguaje» cobr贸 as铆 virulencia con toda la fuerza intuitiva de sus ra铆ces vitales y penetr贸 en el sutil artificio descriptivo de la fenomenolog铆a husserliana. Era inevitable que el lenguaje mismo se convirtiera en objeto de su autocomprensi贸n filos贸fica. Cuando ya en 1920, como yo mismo puedo atestiguar, desde una c谩tedra alemana, un joven pensador: Heidegger, empez贸 a meditar sobre qu茅 significase «mundear», aquello fue un allanamiento del lenguaje escolar de la metaf铆sica, un lenguaje s贸lido, pero enteramente alejado ya de sus or铆genes. Y signific贸 a la vez un acontecimiento ling眉铆stico y el logro de una comprensi贸n m谩s profunda del lenguaje mismo. La atenci贸n que dedic贸 el idealismo alem谩n al fen贸meno del lenguaje desde Humboldt, los hermanos Grimm, Schleiermacher, los Schlegel y por 煤ltimo Dilthey, y que dio un impulso insospechado a la nueva ling眉铆stica, sobre todo al lenguaje comparado, qued贸 siempre en el marco de la filosof铆a de la identidad. La identidad de lo subjetivo y lo objetivo, de pensamiento y ser, de naturaleza y esp铆ritu se mantuvo hasta la filosof铆a de las formas simb贸licas[i] inclusive, entre las que destaca el lenguaje. La 煤ltima culminaci贸n de la obra sint茅tica de la dial茅ctica hegeliana, a trav茅s de todas las contradicciones y diferenciaciones imaginables, restablec铆a la identidad y elevaba la idea aristot茅lica primigenia del noesis noeseos a su m谩s pura perfecci贸n. As铆 lo formul贸 de modo llamativo el p谩rrafo final de la Enciclopedia de las ciencias filos贸ficas de Hegel. Como si la historia del esp铆ritu hubiera enfocado toda su labor hacia la 煤nica meta: tantae molis erat se ipsam cognoscere mentem, concluye Hegel evocando un verso de Virgilio.
Para el nuevo pensamiento posmetaf铆sico de nuestro siglo, el hecho de que la mediaci贸n dial茅ctica al estilo de Hegel hubiera realizado ya a su modo la superaci贸n del subjetivismo moderno fue en efecto un desaf铆o constante. El concepto hegeliano de esp铆ritu objetivo da un testimonio elocuente a este respecto. Incluso la cr铆tica de ra铆z religiosa que supuso el lema kiergegaardiano «o lo uno o lo otro» al «esto y lo otro» de la autosuperaci贸n dial茅ctica de todas las tesis, pudo quedar absorbida en la mediaci贸n total de la dial茅ctica. La cr铆tica de Heidegger al concepto de conciencia, que delat贸 mediante una radical «destrucci贸n ontol贸gica», todo el idealismo de la conciencia como una enajenaci贸n del pensamiento griego y que afecta de lleno a la fenomenolog铆a de Husserl revestida de neokantismo, tampoco supuso una ruptura total. Lo que se present贸 como ontolog铆a fundamental del «ser-ah铆» no pudo superar, a pesar de todos los an谩lisis temporales sobre el car谩cter de «preocupaci贸n» del estar ah铆, su autorreferencia y por ende el puesto central de la autoconciencia. Por eso no pudo producir una verdadera liberaci贸n de la inmanencia de la conciencia de cu帽o husserliano.
Heidegger se percat贸 de esto muy pronto y asumi贸 los riesgos del pensamiento radical de Nietzsche, sin encontrar otros caminos que los Holzwege (Sendas perdidas), que tras la vuelta llevaban a lo inviable. ¿Fue s贸lo el lenguaje de la metaf铆sica lo que mantuvo este hechizo paralizante del idealismo transcendental? Heidegger extrajo la 煤ltima consecuencia de su cr铆tica al vac铆o ontol贸gico de la conciencia y la autoconciencia abandonando la idea metaf铆sica de fundamentaci贸n. No obstante, esta vuelta y este abandono sigui贸 siendo una lucha permanente con la metaf铆sica. Para preparar su superaci贸n era preciso no s贸lo poner en evidencia el subjetivismo moderno desmontando sus conceptos indemostrados, sino rescatar a la luz del concepto como elemento positivo, la experiencia primigenia griega del ser por encima del auge y del dominio de la metaf铆sica occidental. La regresi贸n de Heidegger desde el concepto de physis en Arist贸teles a la experiencia del ser en los inicios presocr谩ticos fue en realidad un extrav铆o aventurero. Es cierto que Heidegger tuvo siempre presente el objetivo 煤ltimo, aunque muy vago todav铆a: repensar el inicio, lo inicial. Aproximarse al inicio significa siempre percatarse de otras posibilidades abiertas desandando el camino recorrido. El que se sit煤a en el comienzo debe elegir el camino, y si se regresa al comienzo, advierte que desde el punto de partida pod铆a haber elegido otras sendas; as铆, el pensamiento oriental recorri贸 otros caminos. Quiz谩s esto 煤ltimo ocurri贸 al margen de la libre elecci贸n, al igual que la opci贸n occidental. Quiz谩s obedeci贸 a la ausencia de una construcci贸n gramatical de sujeto y objeto que guiase al pensamiento oriental hacia la metaf铆sica de substancia y accidente. Por eso no sorprende que el regreso de Heidegger al comienzo le hiciera sentir algo de la fascinaci贸n del pensamiento oriental y que intentara adentrarse en 茅l -en vano- con ayuda de visitantes japoneses y chinos. No es f谩cil sondear las lenguas, sobre todo la base com煤n a todas las lenguas del propio c铆rculo cultural. En realidad no es posible dar con el comienzo ni siquiera en la historia de los propios or铆genes. El comienzo retrocede siempre hacia lo incierto, como le ocurre al paseante costero en la c茅lebre descripci贸n que hace Thomas Mann de la regresi贸n en el tiempo en La monta帽a m谩gica: detr谩s del 煤ltimo promontorio aparece siempre otro nuevo en una situaci贸n interminable. Heidegger crey贸 topar sucesivamente con la experiencia inicial del ser, con testimonios de la correlaci贸n entre desvelamiento y ocultaci贸n, en Anaximandro, en Her谩clito, en Parm茅nides y de nuevo en Her谩clito. En Anaximandro cree encontrar la presencia misma y la permanencia de su ser, en Parm茅nides el coraz贸n sin latidos de la aletheia, en Her谩clito la physis que gusta de ocultarse. Pero todo esto, aun siendo v谩lido como indicaci贸n de las palabras que apuntan a lo intemporal, no lo es para el discurso, es decir, para la autointerpretaci贸n del pensamiento que encontramos en los textos primitivos. Heidegger s贸lo pudo reconocer su propia visi贸n del ser en el nombre, en la fuerza nominativa de las palabras y en sus laberintos intransitables como vetas de oro: este «ser» no es el ser del ente. Al final result贸 siempre que tales textos no eran el 煤ltimo promontorio que daba acceso a la visi贸n directa del ser.
Estaba escrito -digamos as铆- que Heidegger, por esta v铆a de sus prospecciones en la roca primigenia de las palabras, tropezara con la figura postrera de Nietzsche, cuyo extremismo hab铆a osado la autodestrucci贸n de toda metaf铆sica, de toda verdad y de todo conocimiento de la verdad. El aparato conceptual de Nietzsche no le pod铆a satisfacer, aunque aplaudi贸 su desencantamiento de la dial茅ctica -«de Hegel y de los otros Schleiermacher»- y aunque la visi贸n de la filosof铆a en el per铆odo tr谩gico de los griegos pudiera confirmarle en la idea de ver en la filosof铆a algo diferente a esa metaf铆sica de un mundo verdadero detr谩s del mundo aparente. Todo esto pudo hacer que Heidegger tuviera por breve tiempo a Nietzsche como compa帽ero de viaje. «Tantos siglos sin un dios nuevo...» fue el lema de su recepci贸n de Nietzsche.
Pero ¿qu茅 sabe Heidegger de un dios nuevo? ¿lo barrunta y le falta s贸lo el lenguaje para invocarlo? ¿le tiene hechizado el lenguaje de la metaf铆sica? Pese a su insondabilidad previa, el lenguaje no es el destierro de Babilonia del esp铆ritu. Asimismo, la confusi贸n bab茅lica de las lenguas no significa s贸lo que la variedad de las familias ling眉铆sticas y de los idiomas sea producto del orgullo humano, como supone la tradici贸n b铆blica. Esa variedad expresa toda la distancia que media entre un ser humano y otro y que crea permanentemente la confusi贸n. Pero eso encierra tambi茅n la posibilidad de la superaci贸n. Porque el lenguaje es di谩logo. Es preciso buscar la palabra y se puede encontrar la palabra que alcance al otro, se puede incluso aprender la lengua ajena, la del otro. Se puede emigrar al lenguaje del otro hasta alcanzar al otro. Todo esto puede hacerlo el lenguaje como lenguaje.
Es cierto que el nexo que se crea en forma de lenguaje para entenderse est谩 entretejido sustancialmente de ch谩chara, que es la apariencia del hablar y hace de la conversaci贸n un intercambio de palabras vac铆as. Lacan ha dicho con raz贸n que la palabra que no va dirigida a otro es una palabra huera. Es lo que constituye el primado de la conversaci贸n que se desenvuelve entre pregunta y respuesta y construye as铆 el lenguaje com煤n. Hay una conocida experiencia en el di谩logo de personas que hablan dos idiomas distintos, pero pueden entenderse medianamente: sobre esta base no se puede sostener una conversaci贸n, sino que se libra en realidad una larga lucha hasta que ambos terminan hablando una de las dos lenguas, aunque uno de ellos bastante mal. Es una experiencia que puede hacer cualquiera. El fen贸meno encierra una sugerencia significativa. No se da s贸lo entre hablantes de distintos idiomas, sino igualmente en la adaptaci贸n rec铆proca de las partes en cada conversaci贸n sostenida en la misma lengua. S贸lo la respuesta real o posible hace que una palabra sea tal.
En este mismo plano de experiencia ocurre que toda ret贸rica, precisamente por no permitir un intercambio constante de pregunta y respuesta, de discurso y r茅plica, incluye siempre a帽adidos de palabras vac铆as que conocemos como muletillas o frases hechas. Algo similar nos ocurre en el intento de comprender algo mientras lo o铆mos o leemos. En tales casos la realizaci贸n del significado depende de ciertas intenciones vac铆as como mostr贸 especialmente Husserl.
Esto debe ser objeto de ulterior reflexi贸n si queremos dar un sentido al lenguaje de la metaf铆sica. No me refiero al lenguaje en que se cre贸 anta帽o la metaf铆sica, el lenguaje filos贸fico de los griegos. Me refiero a que las lenguas vivas de las actuales comunidades ling眉铆sticas comportan ciertos caracteres conceptuales que proceden de este lenguaje originario de la metaf铆sica. Llamamos a eso, en el 谩mbito cient铆fico y filos贸fico, el papel de la terminolog铆a. Pero si en las ciencias naturales matem谩ticas -sobre todo en las experimentales- la adopci贸n de denominaciones es un acto convencional que sirve para designar todos los fen贸menos accesibles y no establece ninguna relaci贸n sem谩ntica entre el t茅rmino internacionalmente adoptado y los usos ling眉铆sticos de los idiomas nacionales -¿qui茅n se acuerda del gran investigador Volta cuando oye la palabra «voltio»?-, en el caso de la filosof铆a no ocurre lo mismo. No hay aqu铆 un plano de experiencia accesible a todos, controlable, designado por t茅rminos acordados. Los t茅rminos que se acu帽an en el campo de la filosof铆a se articulan siempre en la lengua hablada de la que proceden. La conceptuaci贸n supone tambi茅n aqu铆 la restricci贸n de la posible polivalencia de una palabra, para darle un significado preciso; pero tales palabras conceptuales nunca se desligan totalmente del campo sem谩ntico en el que poseen todo su significado. El desligar del todo una palabra de su contexto para insertarla (horismos) en un contenido preciso que la convierte en palabra conceptual corre el riesgo de vaciarla de sentido. As铆 la formaci贸n de un concepto metaf铆sico fundamental como el de ous铆a nunca es plenamente canjeable sin tener presente a la vez el sentido de la palabra griega en su plena acepci贸n. Por eso ha contribuido mucho a la comprensi贸n del concepto griego de ser el saber que la palabra ous铆a signific贸 primariamente la propiedad rural y que de ah铆 deriva el sentido conceptual de «ser» como presencia o lo presente. Este ejemplo muestra que no se da un lenguaje de la metaf铆sica, sino la acu帽aci贸n de t茅rminos extra铆dos del lenguaje vivo y pensados metaf铆sicamente. Esa acu帽aci贸n conceptual puede crear una tradici贸n constante, como es el caso de la l贸gica y la ontolog铆a de Arist贸teles, e introducir en consecuencia una alienaci贸n que empieza muy pronto, contin煤a con la cultura helen铆stica traducida al lat铆n y que forma despu茅s nuevamente un lenguaje escol谩stico con la acogida de la versi贸n latina en los idiomas nacionales actuales, un lenguaje en el que el concepto va perdiendo m谩s y m谩s el sentido original derivado de la experiencia del ser.
Se plantea as铆 la tarea de una destrucci贸n de los conceptos de la metaf铆sica. Tal es el 煤nico sentido aceptable de la expresi贸n «lenguaje de la metaf铆sica»: la conceptualidad formada en su historia. La tarea de una destrucci贸n de la conceptualidad deformada de la metaf铆sica, que prosigue en el pensamiento actual, fue abordada por Heidegger en sus primeros a帽os de docencia. La reconducci贸n pensante de los t茅rminos de la tradici贸n al idioma griego, al sentido natural de las palabras y a la sabidur铆a oculta del lenguaje que ha de buscarse en ellas, reconducci贸n llevada a cabo por Heidegger con incre铆ble vigor, dio nueva vida al pensamiento griego y a su capacidad para interpelarnos. Tal fue la genialidad de Heidegger. El intent贸 incluso retrotraer las palabras a su sentido literal ya desaparecido, no vigente, y a extraer consecuencias conceptuales de este sentido etimol贸gico. Es significativo que el Heidegger tard铆o hable a este respecto de «palabras primordiales» que expresan la experiencia griega del mundo mejor que las teor铆as y principios de los primeros textos griegos.
Heidegger no fue el primero en percatarse de la deformaci贸n que se produjo en el lenguaje escol谩stico de la metaf铆sica. Fue ya una aspiraci贸n del idealismo alem谩n desde Fichte y sobre todo desde Hegel el disolver y fluidificar la ontolog铆a griega de la substancia y sus conceptos mediante el proceso dial茅ctico del pensamiento. Hubo tambi茅n precursores incluso dentro del lat铆n escol谩stico, especialmente cuando a las obras latinas se agregaba la palabra viva de la predicaci贸n en lengua vern谩cula, como es el caso del maestro Eckhart o de Nicol谩s de Cusa, y tambi茅n de las especulaciones de Jakob B枚hme. Pero 茅stos fueron personajes secundarios de la tradici贸n metaf铆sica. Cuando Fichte escribe Tathandlung (acci贸n) en lugar de Tatsache (hecho), anticipa en el fondo los neologismos provocativos de Heidegger, que gusta de invertir el sentido de las palabras; por ejemplo, entendi贸 por Entfernung (a-lejamiento) la aproximaci贸n, o tom贸 la frase was heisst denken? (¿qu茅 significa pensar?) por was befiehlt uns zu denken? (¿qu茅 nos obliga a pensar?); o tradujo Nichts ist ohne Grund (nada hay sin fundamento) como un enunciado sobre la nada en cuanto carente de fundamento: esfuerzos violentos de alguien que nada contra corriente.
Pero en el idealismo alem谩n no fue tanto la acu帽aci贸n de palabras y la recuperaci贸n d茅 significados literales lo que contribuy贸 a disolver la figura tradicional de los conceptos metaf铆sicos cuanto la aproximaci贸n de los principios a su dimensi贸n opuesta y contradictoria. La dial茅ctica consiste desde antiguo en llevar los antagonismos inmanentes a su extremo contradictorio, y si la defensa de dos enunciados contrapuestos no tiene un sentido meramente negativo, sino que apunta a la unificaci贸n de lo contradictorio, se alcanza en cierto modo la posibilidad extrema que capacita al pensamiento metaf铆sico, esto es, orientado en unos conceptos originariamente griegos, para el conocimiento del absoluto. Pero la vida es libertad y esp铆ritu. La consecuencia interna de esa dial茅ctica en la que Hegel vio el ideal de la demostraci贸n filos贸fica, le permite en efecto superar la subjetividad del sujeto y concebir el esp铆ritu como esp铆ritu objetivo, seg煤n queda indicado. Pero en su resultado ontol贸gico este movimiento acaba de nuevo en la presencia absoluta del esp铆ritu ante s铆 mismo, como dice la conclusi贸n de la Enciclopedia hegeliana. Por eso Heidegger sostuvo un debate permanente y tenso con la seducci贸n de la dial茅ctica que, en lugar de la destrucci贸n de los conceptos griegos, supuso su prolongaci贸n en conceptos dial茅cticos aplicados al esp铆ritu y a la libertad, domesticando en cierto modo el propio pensamiento.
No podemos analizar aqu铆 c贸mo Heidegger, partiendo de su intenci贸n fundamental, mantuvo y super贸 en su pensamiento tard铆o la obra de derribo de sus comienzos. De ello da testimonio el estilo sibilino de sus 煤ltimos escritos. El era plenamente consciente de la penuria ling眉铆stica suya y nuestra. Adem谩s de sus propios intentos por abandonar «el lenguaje de la metaf铆sica» con ayuda del lenguaje po茅tico de H枚lderlin, me parece que s贸lo ha habido dos caminos transitables, y que han sido transitados, para franquear una v铆a frente a la autodomesticaci贸n ontol贸gica propia de la dial茅ctica. Uno de ellos es el regreso de la dial茅ctica al di谩logo y de 茅ste a la conversaci贸n. Yo mismo intent茅 seguir esta v铆a en mi hermen茅utica filos贸fica. El otro camino es el de la deconstrucci贸n, estudiada por Derrida. No se trata aqu铆 de rescatar el sentido desaparecido en la viveza de la conversaci贸n. El entramado de las relaciones de sentido que subyacen en el habla y, por tanto, el concepto ontol贸gico de 茅criture -en lugar de la ch谩chara o la conversaci贸n- debe disolver la unidad de sentido y llevarse a cabo, as铆, la verdadera ruptura de la metaf铆sica.
En el 谩mbito de esta tensi贸n se producen los m谩s peculiares cambios de acento. Seg煤n la filosof铆a hermen茅utica, la teor铆a de Heidegger sobre la superaci贸n de la metaf铆sica abocada al olvido total del ser durante la era tecnol贸gica, pasa por alto la permanente resistencia y tenacidad de las unidades de la vida, que siguen existiendo en los peque帽os y grandes grupos de coexistencia interhumana. Seg煤n el deconstructivismo, en cambio, a Heidegger le falta radicalidad en el extremo contrario cuando pregunta por el sentido del ser y se mantiene as铆 en un sentido interrogativo que no admite una respuesta razonable. Derrida opone a la pregunta por el sentido del ser la diferencia primaria, y ve en Nietzsche una figura m谩s radical frente a la pretensi贸n metaf铆sicamente modulada del pensamiento heideggeriano. Ve a Heidegger situado a煤n en la l铆nea del logocentrismo, al que 茅l contrapone el lema del sentido siempre inconexo y descentrado que hace saltar en pedazos la reuni贸n en una unidad, y que 茅l llama 茅criture. Est谩 claro que Nietzsche traza aqu铆 el punto cr铆tico.
Para una confrontaci贸n y examen de las perspectivas que se abren a las dos v铆as descritas que dejan atr谩s la dial茅ctica, se podr谩n debatir por ejemplo, en el caso de Nietzsche, las posibilidades que se ofrecen a un pensamiento que no puede continuar ya la metaf铆sica.
Cuando yo llamo dial茅ctica a la situaci贸n inicial desde la que Heidegger intenta recorrer su camino de vuelta, no lo hago por la raz贸n externa de que Hegel hubiera efectuado su s铆ntesis secular del legado de la metaf铆sica mediante una dial茅ctica especulativa que pretend铆a recoger toda la verdad del comienzo griego. Lo hago sobre todo porque Heidegger fue realmente el que no se qued贸 dentro de las modificaciones y perpetuaciones del legado de la metaf铆sica llevadas a cabo por el neokantismo de Marburgo y por el revestimiento neokantiano de la fenomenolog铆a por parte de Husserl. Lo que 茅l busc贸 como superaci贸n de la metaf铆sica no se agot贸 en el gesto de protesta de la izquierda hegeliana ni de figuras como Kierkegaard y Nietzsche. El acometi贸 esta tarea con el duro trabajo del concepto aprendido en Arist贸teles. Dial茅ctica significa pues, en mi contexto el amplio conjunto de la tradici贸n occidental de la metaf铆sica, tanto lo «l贸gico» en sentido hegeliano como el logos del pensamiento griego, que marc贸 ya los primeros pasos de la filosof铆a occidental. En este sentido el intento de Heidegger de renovar la pregunta por el ser o, m谩s exactamente, de formularla por primera vez en sentido no metaf铆sico, por tanto, lo que 茅l llam贸 «el paso atr谩s», fue un distanciamiento de la dial茅ctica.
El giro hermen茅utico hacia la conversaci贸n que yo he ensayado va en el mismo sentido y no se limita a retroceder, detr谩s de la dial茅ctica del idealismo alem谩n, a la dial茅ctica plat贸nica, sino que apunta por detr谩s de este giro socr谩tico-dialogal a su presupuesto: la anamnesis buscada y suscitada en los logoi. Esta evocaci贸n tomada del mito, pero pensada con plena racionalidad, no es s贸lo la del alma individual, sino siempre la del «esp铆ritu capaz de unirnos» a nosotros, que «somos una conversaci贸n». Pero estar-en-conversaci贸n significa salir de s铆 mismo, pensar con el otro y volver sobre s铆 mismo como otro. Cuando Heidegger no piensa ya el concepto metaf铆sico de esencia como presencia de lo presente, sino que lee la palabra Wesen (esencia) c贸mo verbo, como palabra temporal, «temporalmente», entonces entiende el Wesen (esencia) como An-wesen, en un sentido que parece af铆n a Verwesen («regir», administrar). Pero esto significa que Heidegger, como hace en su art铆culo sobre Anaximandro, somete la Weile (permanencia) a la experiencia griega original del tiempo. De ese modo explora las ra铆ces de la metaf铆sica y su horizonte cuando pregunta por el ser. El propio Heidegger ha recordado que la frase citada por Sartre «la esencia del ser-ah铆 es su existencia» se malentiende al no tenerse en cuenta que la palabra Wesen (esencia) aparece entrecomillada. No se trata, pues, del concepto de Essenz (esencia) que en tanto que Wesen haya de preceder a la existencia, al hecho; pero tampoco se trata de la inversi贸n sartriana de esta relaci贸n, como si la existencia precediera a la Essenz (esencia). Ahora bien, yo entiendo que Heidegger, cuando pregunta por el sentido del ser, tampoco piensa el «sentido» en la l铆nea de la metaf铆sica y de su concepto de esencia, sino como sentido interrogativo que no espera una determinada respuesta, sino que sugiere una direcci贸n del preguntar.
«El sentido es sentido direccional», he afirmado alguna vez, y Heidegger utiliz贸 durante cierto tiempo un arca铆smo ortogr谩fico escribiendo la palabra Sein como Seyn para subrayar su car谩cter verbal. De modo an谩logo deber verse mi intento de eliminar el lastre de la ontolog铆a de la substancia partiendo de la conversaci贸n y del lenguaje com煤n en ella buscado y que en ella se forma, en el que la l贸gica de pregunta y respuesta resulta determinante. Ella abre una dimensi贸n de entendimiento que transciende los esquemas fijados ling眉铆sticamente y, por tanto, la s铆ntesis omnicomprensiva en el sentido de la autocomprensi贸n monol贸gica de la dial茅ctica. Es cierto que la dial茅ctica idealista no niega su origen en la estructura especulativa del lenguaje, como expuse en la tercera parte de Verdad y m茅todo I; pero cuando Hegel ajusta la dial茅ctica a un concepto de ciencia y de m茅todo, encubre en realidad su procedencia, su origen en el lenguaje. La hermen茅utica filos贸fica tiene as铆 en cuenta la referencia a la unidad dual especulativa que se da entre lo dicho y lo no dicho, que precede en realidad a la tensi贸n dial茅ctica de lo contradictorio y su superaci贸n en un nuevo enunciado. Creo que es un claro error el convertir en un supersujeto el papel que yo he reconocido a la tradici贸n en la formulaci贸n de las preguntas y en la sugerencia de las respuestas, y el reducir luego la experiencia hermen茅utica a una parole vide, como hacen Manfred Frank y Forget. Eso no encuentra en Verdad y m茅todo base alguna. Cuando se habla en esta obra de tradici贸n y de di谩logo con ella, no se trata de ning煤n sujeto colectivo, sino que esa tradici贸n es el nombre com煤n para designar cada texto concreto (en el sentido m谩s amplio de la palabra texto, incluyendo una obra pl谩stica, una construcci贸n, hasta un proceso natural)[ii]. El di谩logo socr谩tico de signo plat贸nico es sin duda un g茅nero muy especial de conversaci贸n que uno conduce y el otro tiene que seguir, quiera o no; pero es modelo de cualquier di谩logo, porque en 茅l no se refutan las palabras, sino el alma del otro. El di谩logo socr谩tico no es ning煤n juego exot茅rico de disfraces para ocultar un saber m谩s hondo, sino el verdadero acto de anamnesis, del recuerdo pensante, el 煤nico posible para el alma ca铆da en la finitud de lo corp贸reo y que se realiza como conversaci贸n. Este es el sentido de la unidad especulativa que se cumple en la virtualidad de la palabra: 茅sta no es una palabra concreta ni un enunciado formulado con precisi贸n, sino que rebasa todo lo enunciable.
La dimensi贸n interrogativa en la que nos movemos aqu铆 no tiene nada que ver con un c贸digo que se intenta descifrar. Es cierto que ese c贸digo descifrado subyace en toda escritura y lectura de textos, pero representa una mera condici贸n previa para la labor hermen茅utica en torno a lo que se dice en las palabras. En eso estoy de acuerdo con la cr铆tica al estructuralismo. Pero creo que yo voy m谩s all谩 de la deconstrucci贸n de Derrida, porque las palabras s贸lo existen en la conversaci贸n, y las palabras en la conversaci贸n no se dan como palabra suelta, sino como el conjunto de un proceso de habla y respuesta.
Es evidente que el principio de deconstrucci贸n persigue lo mismo, ya que tambi茅n Derrida intenta superar un 谩mbito de sentido metaf铆sico que subsume las palabras y los significados verbales en el acto que 茅l llama 茅criture y cuyo producto no es un ser esencial, sino la l铆nea, la huella indicadora. De este modo Derrida ataca el concepto metaf铆sico de logos y lenguaje del logocentrismo, que afectar铆a incluso a la cuesti贸n de ser en Heidegger como pregunta por el sentido del ser. Se trata de un Heidegger extra帽o, reinterpretado de cara a Husserl, como si el habla consistiera siempre en enunciados a modo de juicio. En este sentido es cierto que la infatigable constituci贸n del sentido a la que se dedica la investigaci贸n fenomenol贸gica y que se realiza en el acto de pensar como cumplimiento de una intenci贸n de la conciencia, significa «presencia». La voz notificante (la voix) est谩 referida en cierto modo a la presencia de lo pensado en el pensamiento. La verdad es que tambi茅n la labor de Husserl en favor de una filosof铆a honesta incluye la experiencia y la conciencia del tiempo previo a toda «presencia» y a toda constituci贸n incluso de validez supratemporal. Pero el problema del tiempo en el pensamiento de Husserl resulta insoluble porque 茅ste retiene el concepto griego de ser que ya Agust铆n hab铆a descalificado en el fondo con el enigma que representa el ser del tiempo, que «ahora» es y a la vez no es, por expresarlo con Hegel.
Por eso Derrida, al igual que Heidegger, profundiza en la misteriosa variedad que existe en la palabra y en sus significados, en el potencial incierto de sus diferenciaciones sem谩nticas. Cuando Heidegger se retrotrae de la frase y el enunciado a la apertura del ser que posibilita las palabras y las frases, sobrepasa en cierto modo toda la dimensi贸n de las frases formadas con palabras y de los contrastes y oposiciones. En una l铆nea semejante, Derrida parece seguir las huellas, que s贸lo se dan en su lectura. Ha intentado especialmente inferir del an谩lisis del tiempo en Arist贸teles que «el tiempo» aparece ante el ser como diff茅rance. Pero como lee a Heidegger desde Husserl, torna el recurso a la conceptualidad husserliana que se deja sentir en Ser y tiempo y en su autodescripci贸n transcendental, como prueba del logocentrismo de Heidegger; y cuando yo no s贸lo considero el di谩logo, sino la poes铆a y su aparici贸n en el o铆do interior como la verdadera realidad del lenguaje, Derrida habla para esto, justo de «fonocentrismo». Como si el habla o la voz s贸lo tuviera presencia aun para la conciencia reflexiva m谩s estricta en su realizaci贸n y no fuese m谩s bien su desaparici贸n misma. No es ning煤n argumento balad铆, sino la evocaci贸n de lo que le ocurre a todo hablante o a todo pensante, el se帽alar que 茅ste no es consciente de s铆 mismo justamente porque «est谩 pensando».
La cr铆tica de Derrida a la interpretaci贸n de Nietzsche por Heidegger -interpretaci贸n que a m铆 me convenci贸- puede servir quiz谩 de ilustraci贸n a la problem谩tica abierta que nos tiene ocupados. Est谩 por un lado la desconcertante riqueza polifac茅tica y el incesante juego de disfraces que parecen disipar las audacias mentales de Nietzsche en una variedad inaprehensible, y por el otro la pregunta que se le puede formular: qu茅 significa el juego de esta audacia. No es cierto que el propio Nietzsche tuviera presente la unidad en la dispersi贸n ni que hubiera traducido en conceptos el nexo interno entre el principio fundamental de la voluntad de poder y el mensaje meridiano del eterno retorno de lo id茅ntico. Y si yo no entiendo mal a Heidegger, eso es precisamente lo que Nietzsche no hizo, y las met谩foras de sus 煤ltimas visiones aparecen como facetas brillantes detr谩s de las cuales no hay una realidad un铆voca. Esta ser铆a, seg煤n Heidegger, la posici贸n final de Nietzsche, en la que se olvida y se pierde la pregunta por el ser. As铆, la era tecnol贸gica en la que el nihilismo alcanza su perfecci贸n, significa de hecho, seg煤n el mismo Heidegger, el eterno retorno de lo id茅ntico. No creo que el pensar esto, el asimilar a Nietzsche por la v铆a conceptual, sea una especie de reca铆da en la metaf铆sica y su esquema ontol贸gico, culminando en el concepto de esencia. De ser as铆, los caminos de Heidegger, que buscan una «esencia» de estructura radicalmente distinta, temporal, no se perder铆an una y otra vez en lo inefable. El di谩logo que continuamos en nuestro propio pensamiento y que quiz谩 se enriquece en nuestro tiempo con nuevos y grandes interlocutores en una humanidad de dimensiones planetarias, deber铆a buscar siempre a su interlocutor... especialmente si este interlocutor es radicalmente distinto. El que me encarece mucho la deconstrucci贸n e insiste en la diferencia, se encuentra al comienzo de un di谩logo, no al final.




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