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Más allá de las redes sociales

Más allá de las redes sociales



“Si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger”  —Molotov

En todo lo bueno hay algo malo, y viceversa.  Más que una interpretación meramente moral es una ley de la naturaleza: la de unidad y lucha de contrarios que Heráclito y otros de sus anteriores descubrieron hace más de dos milenios.  Si bien las redes dieron voz a los sin voz, a los que nunca antes podían gritarle al mundo —o a buena parte de él— sus opiniones por acertadas o desacertadas que fuesen, por más que a través de ellas se hayan descubierto los abusos y crímenes del sistema que se ocultaban en los medios de comunicación tradicionales (radio, prensa escrita, televisión), por más justas causas promulgadas y viralizadas que sirven para despertar conciencias y ni por todo lo convenientes que han sido para las luchas de los empobrecidos, no puede pasarse por alto el análisis de su otra cara: el descomunal poder que acumulan sus dueños.

Muchos aceptan el contrato con ellos sin leerlo, les da “mamera”.  Y por eso no saben que si el contrato es irrespetado hay amonestaciones que fluctúan entre la suspensión temporal y la suspensión permanente de la cuenta.  La segunda es producto de la primera.  Trump estaba avisado, reincidió y se la cerraron.  ¿Fue justo el cierre?: Sí.  Trump incitó a la violencia y a desconocer una victoria de Biden, legal y legítima, como se comprobó.  Eso bastaba, según las normas de esa empresa privada (y del sentido común), para cerrarla.  Allí no hay discusión, al menos, una basada en la sana lógica.  A él no lo calló el Estado ni una emisora ni una televisora.  Él puede tomar un megáfono e incitar al odio y la violencia desde una calle o desde una plaza pública, si así le place.  O crear su propia red social y poner o no sus reglas y decir lo que se le venga en gana. 



Sin embargo, algunos criticaron la medida aduciendo que puede ser el inicio de una dictadura de las redes sociales, ya que, según ellos, ni Twitter ni otra red son nadie para decidir qué contenido incita o no a la violencia y por ende, qué contenido reprobar, a qué usuario amonestar o suspender y menos “decidir” en asunto públicos o políticos (olvidan que toda acción humana es una acción política y que las redes, por sus características, navegan en lo público).   Bueno, no queda difícil entender que las falsas acusaciones y las arengas violentas que Trump usaba en su cuenta podían conllevar a un acto igualmente violento de sus seguidores, como en efecto sucedió.  Cinco muertos, varios heridos y decenas de detenidos fue el resultado.  Y pudo ser catastrófico, de no ser porque los congresistas demócratas no se encontraban en el capitolio al momento de la irrupción de los fanáticos supremacistas armados.  ¿Actuó Twitter de forma correcta? ¡Claro! ¿Qué tipo de empresa —pública o privada— puede prestarse para que desde su plataforma un loco con mucho poder e influencia incite a otros locos a tomarse el órgano legislativo de un país, y que esa empresa no aplique sus propias normas, normas que —nuevamente se recalca— se aceptan libre y conscientemente por el usuario?  Es una necedad insistir en que Twitter no debía hacerlo. Un desvarío. Un dislate. Una bobería.

Pero abordemos el debate más de fondo: El poder de los dueños de las redes sociales: ¿Apenas nos sorprendemos? ¿no no bastó la experiencia de la radio, la prensa escrita o la Tv? ¿nunca dimensionamos el poder de las redes sociales y de sus dueños?  Sería un gran desperdicio de tiempo que en una década de crecimiento galopante de ellas no lo hubiésemos hecho.  Pero bueno, si se hizo o no es cosa del pasado y hasta infructuoso resulta, porque el poder de sus dueños está ahí y se expresó en todo su esplendor con Trump (de forma justa, en este caso).  La confirmación más contundente de que son el quinto poder, como algunos habían previsto.  Ese nuevo poder, al conformar junto a los otro cuatro, la hegemonía económica mundial, entra a dominar —LAMENTABLEMENTE— los asuntos políticos y Estatales; es decir, a hacer parte también de la plutocracia, del orden mundial que lo controla todo: gobiernos, emporios económicos, órganos judiciales, legislativos, de control; ciudadanía en general, Etc., Etc.

Por tanto, pretender que sean los jueces de la República (como dijeron algunos) los que entren a decidir a quiénes o no le cierran la cuenta en redes sociales es, por decir lo menos, ingenuo.  Y si entrasen, como en el caso de Trump, le terminarán dando la razón a la empresa (Twitter), ya que, como se expuso en párrafos anteriores, argumentos en ese sentido sobran. Y si no sobran, unos cuantos fajos de dólares hacen que sobren.  Y si esto no basta, quién quita que los jueces fenezcan en uno de tantos accidentes de tránsito que a diario se presentan, o que tomen alguna agüita saborizada que les calme la sed para siempre.  Porque así funciona —LAMENTABLEMENTE— el sistema mundial de poder hegemónico. 



La solución para evitar posibles abusos de las redes sociales no radica entonces en la activación del sistema jurídico, mucho menos en la recriminación ética o moral por parte de la ciudadanía, pues, en el escenario de lo fáctico, poco o nada eficiente se torna lo moral, lo ético o lo jurídico frente  a un monstruo económico que controla o devora todos los poderes de un Estado.  Monstruo económico y criminal, valga decirlo.  Plata o Plomo, diría Don Pablo.  Esperar que el gran establecimiento orbital (del que entraron a formar parte las redes sociales) permita regularse a sí mismo es poco menos que una quimera.  Si fuese así, en el mundo no habrían más abusos y violaciones sistemáticas a los DDHH por parte de las grandes potencias económicas como EEUU.  Sarmiento Angulo o Uribe estarían en la cárcel.  Bill Gates o Carlos Slim, también.  Ellos son alacranes que no se clavan su propio aguijón.  El sistema está diseñado para que gocen de impunidad, en la inmensísima mayoría de casos. 


Tras largas décadas de dominio y acumulación desmedido de poder de los dueños de las televisoras o las radiodifusoras se evidenció que una de las formas más eficaces de reducírselo es no usándolos (o por lo menos, disminuyendo ostensiblemente su uso), pues somos los usuarios los que les dimos ese poder.  El poder de ellos reside en nosotros, por irónico que se lea. 

 

Si RCN, por poner un solo ejemplo criollo y palpable, dejó de ser el canal más visto y perdió poder de influencia —malsana, por cierto— en la población, ¿puede pasar igual con las redes sociales?  ¿estamos preparados para que nuestra vida no siga dependiendo en gran medida de ellas?  ¿qué nuevos medios de comunicación podrían reemplazarlas, y si llegasen a inventarlos, volveríamos a darles el mismo poder que le dimos a la radio, a la prensa escrita, a la tv y a ellas? ¿están las mayorías condenadas a repetir círculos constantes de otorgamiento de poder a unos pocos?  Esos sí son interrogantes interesantes y profundos, que van más allá de la pueril, ingenua e inútil pataleta de pedirle al monstruo que se autorregule o que se deje autorregular.