La tensión geopolítica en el Ártico ha saltado al sur de Europa. Fuentes diplomáticas y análisis en medios españoles revelan que Dinamarca ha transmitido a Moncloa su profunda preocupación: una eventual anexión de Groenlandia por parte de Estados Unidos bajo la administración Trump sentaría un precedente devastador para la integridad territorial de los miembros de la UE y la OTAN.
Groenlandia, territorio autónomo del Reino de Dinamarca y parte de la alianza atlántica, enfrenta presiones inéditas de Washington. El presidente Trump ha reiterado que "EE.UU. necesita" la isla por razones de seguridad, recursos minerales y control ártico frente a Rusia y China. Dinamarca y el propio gobierno groenlandés han rechazado tajantemente cualquier venta o cesión, calificándola de "inaceptable" y advirtiendo que una acción forzada destruiría la OTAN.
En contactos recientes con el gobierno español, Copenhague ha destacado el riesgo de "efecto dominó". Si se viola la soberanía de un aliado OTAN sin consecuencias graves, ¿qué impediría reclamaciones externas sobre enclaves europeos? El paralelismo con Ceuta y Melilla —reclamadas por Marruecos— y las estratégicas Islas Canarias salta a la vista en análisis militares y periodísticos.
La lógica es inquietante: en un mundo donde la "doctrina MAGA" prima sobre normas internacionales, una cesión groenlandesa podría contentar aliados como Marruecos (socio clave de EE.UU. en el norte de África) o servir de base para competir con potencias como China y Rusia en el continente.
Periodistas españoles han planteado la pregunta clave: "¿Por qué Groenlandia ahora sí y Ceuta o Melilla en el futuro no?".
La ironía no pasa desapercibida. Durante años, Occidente ha señalado a Rusia como la principal amenaza a la soberanía territorial (Crimea, Donbás). Ahora, el peligro más inmediato parece venir del interior de la propia alianza: el país que lidera la OTAN. Líderes europeos, desde Macron hasta Frederiksen, han cerrado filas defendiendo que "las fronteras no se cambian por la fuerza".
Este episodio desnuda la fragilidad de la soberanía europea. No es un hecho natural, sino una conquista que requiere voluntad política autónoma. La UE carece de ejército común fuerte y mecanismos disuasorios reales, lo que deja a sus miembros vulnerables ante potencias impredecibles.
Mientras tanto, Groenlandia ve despliegues militares de aliados europeos (Suecia, Alemania, Reino Unido) para reforzar su defensa, y protestas masivas rechazan cualquier anexión. Trump ha respondido con amenazas de aranceles a países opositores, escalando la crisis.
Los pueblos de Europa merecen decidir su destino sin tutelas externas. Este pulso en el Ártico no es solo sobre una isla remota: es una prueba de fuego para la cohesión europea y el futuro de un orden basado en reglas. España, con sus fronteras singulares, no puede mirar para otro lado.
Informe: Ari/Luna - Sala de Redacción | Radio Chécheres
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