El ensayo de Mead contra los pobres que «eligieron» no trabajar termina con un enf谩tico llamamiento: «Una pol铆tica social debe resistirse a la pobreza pasiva con justicia y con firmeza —en gran medida, tal como Occidente contuvo al comunismo — hasta que la cordura se imponga y el sistema combatido se derrumbe por su propio peso ». La met谩fora elegida resulta impecable. Uno de los primeros servicios que la clase marginada brinda a la opulenta sociedad actual es la posibilidad de absorber los temores que ya no apuntan hacia un temible enemigo externo. La clase marginada es el enemigo en casa, que ocupa el lugar de la amenaza externa como el f谩rmaco que restablecer谩 la cordura colectiva; v谩lvula de seguridad para aliviar las tensiones originadas en la inseguridad industrial.
La clase marginada es particularmente apta para cumplir ese papel. Mead no deja de repetirlo: lo que empuja a los norteamericanos decentes y «normales» a integrar un frente unido contra los desertores escolares, los criminales y los par谩sitos de la asistencia social, es la horrible incoherencia que perciben en todos ellos: los marginados ofenden los m谩s preciados valores de la mayor铆a al mismo tiempo que se aferran a ellos, y pretenden disfrutar los mismos placeres de que gozan quienes se los ganaron trabajando. Dicho de otro modo: los estadounidenses normales guardan rencor a los marginados, porque los sue帽os y el modelo de vida de estos 煤ltimos son asombrosamente parecidos a los suyos. Y, sin embargo, esta semejanza no puede ser considerada una incoherencia. Como Peter Townsend apunt贸, la l贸gica de la sociedad de consumo es formar a sus pobres como consumidores frustrados: El estilo de vida de los consumidores es cada vez m谩s inalcanzable para los sectores de bajos ingresos, hist贸ricamente definidos por una capacidad fija de compra que les permite asegurar su subsistencia o cubrir sus necesidades b谩sicas. Y, sin embargo la sociedad de consumo educa a sus miembros, precisamente, para vivir esa incapacidad de acceder a los estilos de vida ideales como la m谩s dolorosa de sus privaciones.
Cada tipo de orden social produce los fantasmas que lo amenazan. Pero cada sociedad genera esas visiones a su propia medida: a la medida del tipo de orden que lucha por alcanzar. En conjunto, esas visiones tienden a ser fiel reflejo de la sociedad que las genera; cuando son amenazantes, sobre todo, suelen ser autorretratos de la misma sociedad pero precedidos por un signo negativo. Dicho en t茅rminos psicoanal铆ticos: las amenazas son proyecciones de la ambivalencia interna de la sociedad con respecto a sus propios modos y medios, con respecto a la forma en que la sociedad vive y se perpet煤a. Una sociedad insegura de su supervivencia desarrolla la mentalidad de una fortaleza sitiada. Y los enemigos dispuestos a asaltar sus muros son sus propios «demonios internos»: los temores reprimidos que flotan en el ambiente, que impregnan su vida diaria y su «normalidad» y, sin embargo, deben ser aplastados y extirpados de la vida cotidiana para ser transformados en un cuerpo extra帽o, si se quiere que la sociedad perdure. Esos fantasmas se convierten en enemigos tangibles a los que es preciso combatir una y otra vez, a los que siempre se esperar谩 vencer.
Siguiendo la l铆nea de esta regla universal, el peligro que acechaba al Estado moderno, constructor de un orden y obsesionado por 茅l, era la revoluci贸n. Los enemigos eran los revolucionarios o, mejor, los reformistas exaltados, descabellados y extremistas, las fuerzas subversivas que intentaban sustituir el orden existente — administrado por el Estado— para cambiarlo por otro, administrado por otro Estado: establecer un nuevo orden, un contra-orden que revertir铆a todos y cada uno de los principios seg煤n los cuales viv铆a o aspiraba a vivir el orden actual.
La idea que la sociedad se forma de s铆 misma ha cambiado desde entonces; en consecuencia, el fantasma amenazante (el orden social con un signo negativo) tom贸 una nueva forma. El aumento de la criminalidad registrado en los 煤ltimos a帽os (un proceso, observemos, producido en forma paralela a la disminuci贸n de afiliados a los partidos comunistas y otros grupos extremos, promotores de un «orden diferente») no es resultado del mal funcionamiento o la negligencia de la sociedad, sino un producto propio de la sociedad de consumo; es su resultado l贸gico y (si bien no lo es legalmente) tambi茅n leg铆timo. M谩s a煤n: se trata de su producto necesario e ineludible. Porque cuanto m谩s elevada sea la demanda de consumo (es decir, cuanto m谩s eficaz sea la seducci贸n del mercado), m谩s segura y pr贸spera ser谩 la sociedad de consumo. Pero simult谩neamente crecer谩 y se ahondar谩 la brecha entre quienes desean y pueden satisfacer sus deseos (los que han sido seducidos y act煤an en consecuencia), y quienes tambi茅n han sido seducidos pero, sin embargo, no pueden actuar del mismo modo. La seducci贸n de mercado resulta as铆, al mismo tiempo, el gran igualador y el gran separador de la sociedad. El est铆mulo al consumo, para resultar eficaz, debe transmitirse en todas direcciones y dirigirse, indiscriminadamente, a todo el que est茅 dispuesto a escucharlo. Pero es m谩s la gente que puede escuchar que la que puede responder al mensaje seductor. Y a quienes no pueden responder se los somete diariamente al deslumbrante espect谩culo de los que s铆 pueden. El consumo sin restricciones —se les dice— es signo de 茅xito, es la carretera que conduce a la fama y el aplauso de los dem谩s. Tambi茅n se aprende que poseer y consumir ciertos objetos, y llevar determinado estilo de vida, es condici贸n necesaria para la felicidad; tal vez, hasta para la dignidad humana.
Si el consumo es la medida de una vida de 茅xitos, de la felicidad y hasta de la dignidad humanas, entonces han ca铆do las barreras que conten铆an los deseos de los hombres. Probablemente, ninguna adquisici贸n nueva llegue a satisfacernos como en otros tiempos promet铆a hacerlo el «mantenernos en un buen nivel»: ya no hay nivel en el que mantenerse ahora. La l铆nea de llegada se aleja a medida que el corredor avanza; los objetivos, cuando uno intenta alcanzarlos, se sit煤an siempre un paso o dos m谩s adelante. Continuamente caen los r茅cords; ya no parecen tener fin los deseos de los hombres. Deslumbrada y confundida, la gente observa que en las empresas recientemente privatizadas, y de este modo «liberadas» —empresas que se recuerdan como instituciones p煤blicas austeras, donde siempre faltaba el dinero—, los actuales directivos cobran sueldos millonarios, mientras que quienes fueron despedidos de funciones directivas son indemnizados, tambi茅n con sumas millonarias, por su trabajo chapucero y descuidado. De todos lados, por todos los medios, llega alto y claro el mensaje: ya no hay principios, salvo el de quedarse con la mayor cantidad posible; ya no hay reglas, salvo el nuevo imperativo categ贸rico: «Juega bien tus propias cartas».
Pero no hay juego de cartas donde todas las manos sean parejas. Si el 煤nico objetivo es ganar, quienes dan con una mala racha se ven tentados a probar cualquier recurso. Desde el punto de vista de los due帽os del casino, algunos recursos —los que ellos mismos permiten o dejan circular— son moneda legal; todo lo que caiga fuera de su control est谩 prohibido. Pero la l铆nea divisoria entre lo justo y lo que no lo es no se ve igual desde la perspectiva de los jugadores, en especial de los que intentan jugar. M谩s a煤n, de los que aspiran a hacerlo y no pueden, o no tienen acceso a los recursos permitidos. Pueden recurrir, entonces, a cualquier recurso, sea legal o no, o abandonar el juego. Pero la seducci贸n del mercado ha convertido en imposible esta 煤ltima opci贸n.
Desarmar, degradar y suprimir a los jugadores frustrados es, en una sociedad de consumidores regida por el mercado, parte indispensable de la integraci贸n-a-trav茅sde-la-seducci贸n. Los jugadores impotentes e indolentes deben ser excluidos. Son productos de desecho del juego, que hay que descartar a toda costa y pedir su cesaci贸n de pagos. Pero hay otra raz贸n por la que el juego deber谩 seguir produciendo esos desechos: a quienes permanecen junto al verde tapete se les debe mostrar el horrendo panorama de la alternativa (la 煤nica posible, se les repetir谩), para que sigan soportando las penurias y tensiones de vivir en el juego.
Considerada la naturaleza del juego actual, la miseria de los excluidos —que en otro tiempo fue considerada una desgracia provocada colectivamente y que, por lo tanto, deb铆a ser solucionada por medios colectivos— s贸lo puede ser redefinida como un delito individual. Las «clases peligrosas» son consideradas clases criminales, y las c谩rceles pasan a desempe帽ar las funciones que antes les cab铆a a las ya casi desaparecidas instituciones del Estado del bienestar. Y, a medida que se reducen las prestaciones de asistencia social, lo m谩s probable es que las c谩rceles tengan que seguir desempe帽ando ese papel, cada vez con mayor intensidad.
La creciente multiplicaci贸n de comportamientos delictivos no es un obst谩culo en el camino hacia una sociedad consumista desarrollada y que no deja resquicios. Por el contrario: es su prerrequisito y acompa帽amiento natural. Y esto es as铆, hay que admitirlo, por numerosas razones. La principal de ellas es, quiz谩s, el hecho de que quienes quedan fuera del juego —los consumidores frustrados, cuyos recursos no alcanzan a satisfacer sus deseos y, por lo tanto, tienen pocas o ninguna posibilidad de ganar si cumplen las reglas oficiales— encarnan los «demonios internos» que son espec铆ficos de la sociedad de consumo. Su marginaci贸n (que llega al delito), la severidad de sus sufrimientos y la crueldad del destino a que se los condena son — hablando metaf贸ricamente— el modo de exorcizar esos demonios internos y quemar su efigie. Las fronteras del delito cumplen la funci贸n de las llamadas herramientas sanitarias: cloacas a las que se arrojan los efluvios inevitables, pero t贸xicos, de la seducci贸n consumista, para que la gente que permanece en el juego no tenga que preocuparse por su propio estado de salud. Si este es el est铆mulo principal que explica el auge de la «industria de la prisi贸n » —tal como la denomina el crimin贸logo noruego Nils Christie—, entonces la esperanza de que en una sociedad desregulada y privatizada el proceso se haga m谩s lento es, al menos, peque帽a; y es mucho menos probable que se lo pueda detener o revertir.
No hay lugar donde esta relaci贸n se haya puesto m谩s de manifiesto que en los Estados Unidos, donde el dominio ilimitado del mercado de consumo —durante los a帽os del «vale todo», en la era Reagan-Bush— lleg贸 m谩s lejos que en cualquier otro pa铆s. Los a帽os de desregulaci贸n y desmantelamiento de las prestaciones asistenciales fueron, tambi茅n, los a帽os en que crecieron la criminalidad, la fuerza policial y la poblaci贸n carcelaria. Fue preciso, tambi茅n —para responder a los temores e inquietudes, los nervios y la inseguridad, el enojo y la furia de la mayor铆a silenciosa (o no tan silenciosa) de los consumidores honorables—, reservarles una suerte cada vez m谩s sangrienta y cruel a los declarados criminales. Cuanta m谩s fuerza tomaban los «demonios internos», m谩s insaciable era el deseo de castigar el delito, de tener una justicia de mano dura. Bill Clinton, integrante del ala progresista del Partido Dem贸crata (los llamados liberals en los Estados Unidos) gan贸 la presidencia con la promesa de multiplicar las filas policiales y construir prisiones nuevas y m谩s seguras. Algunos observadores (entre ellos, Peter Linebaugh, de la Universidad de Toledo, Ohio, autor de The London Hanged [El ahorcado de Londres]) piensan que Clinton debi贸 su triunfo a la muy publicitada ejecuci贸n de un hombre retardado, Ricky Ray Rector, a quien permiti贸 enviar a la silla el茅ctrica cuando era gobernador de Arkansas. Dos a帽os despu茅s, los adversarios del nuevo presidente, pertenecientes a los sectores de extrema derecha del Partido Republicano, se impusieron de forma aplastante en elecciones parlamentarias al convencer al electorado de que Clinton no hab铆a hecho lo suficiente para combatir la criminalidad y que ellos har铆an m谩s. La segunda elecci贸n de Clinton se gan贸 en una campa帽a en que los candidatos rivalizaron en prometer, cada uno m谩s que el otro, una fuerza policial fuerte y una pol铆tica implacable con aquellos que «ofenden los valores de la sociedad al mismo tiempo que se aferran a ellos», y apuestan a la vida consumista sin contribuir a la reproducci贸n de la sociedad de consumo.
En 1972, cuando el Estado del bienestar atravesaba su mejor momento y poco antes de que comenzara su ca铆da, la Corte Suprema de los Estado Unidos — reflejando el 谩nimo del p煤blico— dictamin贸 que la pena de muerte era arbitraria y caprichosa y, como tal, inadecuada para servir a la causa de la justicia. Despu茅s de muchos fallos, en 1988, la Corte permiti贸 la ejecuci贸n de j贸venes de 16 a帽os de edad; en 1989, la de retrasados mentales y finalmente, en 1992, en el vergonzoso caso de Herrera contra Collins, dictamin贸 que el acusado podr铆a ser inocente pero estaba en condiciones de ser ejecutado si los juicios hab铆an sido realizados en debida forma y se ajustaban a la Constituci贸n. La reciente Ley del Crimen, aprobada por el Senado y la C谩mara de Representantes, extiende el n煤mero de delitos pasibles de pena de muerte a 57 o, seg煤n algunas interpretaciones, 70. Con mucha publicidad y gran alharaca, en la penitenciar铆a federal de Terre Haute, Indiana, se construy贸 una c谩mara de ejecuci贸n dotada de los 煤ltimos adelantos t茅cnicos, con un pabell贸n para condenados a muerte que puede albergar hasta 120 convictos. A comienzos de 1994, un total de 2802 personas esperaban su ejecuci贸n en las c谩rceles estadounidenses. De ellas, 1102 eran afronorteamericanos y 33 hab铆an sido condenadas a muerte cuando eran todav铆a menores de edad. La abrumadora mayor铆a de esos presos que esperan ser ejecutados provienen, puede suponerse, del inmenso y creciente reservorio al que van a parar los rechazados por la sociedad de consumo. Como sugiere Linebaugh, el espect谩culo de la ejecuci贸n es «utilizado con cinismo por los pol铆ticos para aterrorizar a la creciente clase marginada». Al reclamar ese terrorismo de la justicia, la mayor铆a silenciosa estadounidense trata de librarse de sus propios terrores internos.
Seg煤n Herbert Gans, «los sentimientos que las clases m谩s afortunadas albergan hacia los pobres [son una] mezcla de miedo, enojo y condena; pero es probable que el miedo sea el componente m谩s importante ». Esta mixtura de sentimientos vale como elemento movilizador del p煤blico, utilizable por los pol铆ticos, s贸lo si el miedo es intenso y verdaderamente aterrador. La tan publicitada resistencia de los pobres a la 茅tica del trabajo, as铆 como su rechazo a participar del trabajo duro tal como lo hace la mayor铆a honorable, bastan para provocar el enojo y la condena del p煤blico. Pero, cuando a la idea de los pobres inactivos se agregan alarmantes noticias sobre criminalidad en alza y violencia contra vida y propiedad de la poblaci贸n honorable, la condena deja lugar al temor: no obedecer la 茅tica del trabajo se convierte en un acto que aterroriza, adem谩s de ser moralmente condenable.
La pobreza, entonces, deja de ser tema de pol铆tica social para convertirse en asunto de justicia penal y criminal. Los pobres ya no son los marginados de la sociedad de consumo, derrotados en la competencia feroz; son los enemigos declarados de la sociedad. S贸lo una delgad铆sima l铆nea, muy f谩cil de cruzar, separa a los beneficiarios de los planes de asistencia de los traficantes de drogas, ladrones y asesinos. Quienes viven de los beneficios sociales son el campo de reclutamiento de las bandas criminales: financiarlos es ampliar las reservas que alimentar谩n el delito.
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